martes 2 de febrero de 2010

Los goles o la vida




Si mi tocayo del alma, Marx, viviera en estos tiempos virtuales y, peor, en México, seguramente no consideraría más a la religión como el opio del pueblo y, estoy convencido, le endilgaría tal inconsciencia al futbol: ese panem et circenses que hace posible que un gobierno fallido duerma el sueño de los justos y un selecto grupo de empresarios atiborre sus chequeras insaciablemente, todo a expensas de la ignorancia de un pueblo que, de partido en partido, hace infinita su capacidad de resistencia.

Y es que cualquier país normal (México no lo es, by the way), ante los altos índices de desnutrición, desempleo, migración, carestía, insalubridad y corrupción que registran incluso las agencias gubernamentales, ya habría estallado en otra revolución o, al menos, en asonadas esporádicas para intentar rectificar este Estado ciertamente fallido. Pero —¡que retiemble en sus centros la tierra! (sic)—, para eso están aquí la Santísima Virgen de Guadalupe y el susodicho, estulto deporte nacional.

¿Para qué? Para generar esperanzas, por no decir ilusiones, gracias a las cuales la satisfacción nacional ha podido transformarse —sobre todo desde el arribo de la televisión a mediados del siglo pasado— en la sala de espera de un doctor que se escabulló cuando el primer paciente tocó a su puerta. Pero como nadie lo sabe, todos siguen rezando o viendo en el televisor el partido en turno, y, mientras tanto, enajenando sus dolencias por medio de esos subterfugios esotéricos y, claro, atisbando la puerta del consultorio a ver si se abre por fin. Pobres, si supieran...

Así, habiéndose convertido la esperanza en un nutriente más asequible que un taco en este país de fantasía, no es de extrañar que la temporada futbolera se prolongue a lo largo de todo el año. Y es que, a falta de satisfactores reales, el populacho debe contar al menos con la ilusión de ver triunfar a su equipo la próxima semana. Siempre la próxima, la siguiente, después, luego, ya merito: el futuro: ese tiempo que deja de ser en cuanto el presente lo alcanza, o sea: la nada: el nido preferido de la esperanza.

Y los empresarios del ramo, atávicos en ir por todas las canicas a como dé lugar, cumplen ese caprichito, pero, claro, explotando hoy, ahora, en lo concreto, a sus jugadores en torneos tan extenuantes como interminables. (Ahora que lo escribo veo que ésta es otra de las muchas razones por la que no me gusta nada el futbol mexicano: a diferencia de las temporadas deportivas de Estados Unidos, en donde es posible ver hockey, basquetbol, béisbol y futbol americano en cada estación, acá nos castigan con futbol soccer todo el año, con sus ligas, liguillas, repechajes, torneos por el descenso y el ascenso, temporadas estacionales y un larguísimo etcétera que sólo deja ver la insaciabilidad que, ya lo dije, caracteriza a los empresarios del ramo.)

Nadie debe asombrarse por ello que haya tantas tragedias o muertes súbitas entre los futbolistas que tienen la mala suerte de jugar para estos empresarios. En lo personal —los enanos también empezamos desde pequeños, debo confesar—, aún lamento, y mucho, la muerte de Miguel El Gato Marín, portero estrella del Cruz Azul en los años setenta, quien fue víctima de un infarto en plena virilidad, luego de tantas temporadas agobiantes. Sé que son muchos más los futbolistas que han perecido en igualdad de circunstancias y otros en condiciones de suyo trágicas, y confío en que un fanático los recordará mejor que yo.

Lo que sí sé —porque nadie que tenga ojos y oídos podría haberlo ignorado— es que un joven futbolista paraguayo que jugaba (o, mejor dicho, tenía la mala suerte de hacerlo) para Televisa o Emilio Azcárraga Jean, se debate a estas horas entre la vida y la muerte, víctima de un balazo que, según dicen, fue el punto y aparte de una discusión que comenzó con la banal pregunta de “¿Qué pasó con esos goles?”.

Ya he sostenido aquí mi certidumbre de que la estupidez suele aquejar tanto a los hinchas de un equipo como a los partidarios de un partido o de un politiquillo, y, por lo mismo, no voy a deletrear las muchas elucubraciones posibles en torno a esta nueva insensatez entre fanáticos.

Más importante me parece el hecho de que un deportista acuda a un antro en pleno domingo y que permanezca ahí hasta el amanecer del lunes. Teniendo la suerte de no vivir en una ciudad tan mocha (por no decir panista) como Aguascalientes, me parece evidente que ese personaje estaba intentando escapar de la presión a que lo someten tanto la ilusión de sus hinchas como la insaciabilidad de sus empresarios y ¡encima la selección nacional de su país reclamándolo para el próximo Mundial! Pobre hombre...

Lo único que me asombra de este escándalo es que el americanista no haya sido el que, a punta de pistola, haya acabado con los necios que lo han convertido en un vil fumadero de opio o, qué mejor, con los empresarios que lo explotan con sus ligas, liguillas, repechajes, torneos por el descenso y el ascenso, temporadas estacionales y un larguísimo etcétera que, igual, hubieran acabado con su vida.

Ellos, hinchas y empresarios, son sus verdaderos atacantes, me parece. Con la pena.

De gorrión

No podría despedirme sin explicar antes el sic del segundo párrafo: una vez que el amable lector (el primero o el segundo) haya visto allá arriba a que me refiero con esta acotación y, habiendo regresado ya a este renglón, me permito hacerle ver que la Tierra, como cualquier círculo o esfera, tiene un solo y único centro. Por lo mismo, el estribillo de nuestro Himno Nacional contiene una aberración gramatical de origen:  

Mexicanos, al grito de guerra,
el acero, aprestad y el bridón, 
y retiemble en sus centros la tierra
al sonoro rugir del cañón.

Lo correcto es:

...y retiemble en su centro la tierra 
al sonoro rugir del cañón.

Nada más.

miércoles 27 de enero de 2010

Échale la culpa a Washington





Apenas me enteré del arribo de las fuerzas estadounidenses al devastado Puerto Príncipe, me senté a esperar la reacción obvia, mecánica, de los perfectos idiotas latinoamericanos, según definieron Plinio Apuleyo, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa a los izquierdosos que suelen culpar de todas nuestras miserias y tragedias al gobierno de Estados Unidos y sus aliados (los gobiernos derechistas y las burguesías locales, obvio).

Y no me decepcionaron: puntuales como siempre —sobre todo cuando se trata de evadir la propia responsabilidad para poder hacerse las víctimas—, ya pegan de gritos (¿quiénes más?) Evo Morales, Daniel Ortega y Hugo Chávez, los tres denunciando a coro la última fechoría del imperialismo yanqui —¡qué novedad!—. Más lamentable aún, lo han hecho con menos gracia que cualquier monero de La Jornada: el presidente boliviano declaró, por ejemplo, que su país pedirá a la ONU una reunión de emergencia para evaluar lo que calificó como una “ocupación militar estadounidense en Haití”, mientras que su homólogo nicaragüense dijo que “se está manipulando un drama para instalar tropas norteamericanas en Haití”. En el colmo de la estulticia, el simiesco mandatario venezolano denunció que “el imperio está tomando Haití sobre los cadáveres y las lágrimas de su pueblo”. Snif.

Idiotez, sí, porque cualquiera que no padezca tal tara ideológica podrá advertir con meridiana claridad que Washington no tiene ninguna necesidad de sumar a su larga lista de problemas el colmo de un moridero de pobres como lo es Haití, que vendría a ser lo mismo que invadir Iztapalapa. ¿Para qué?, si el territorio de ese baldío caribeño no es más grande que dos condados de Texas y, más aún, cuando en él no hay riquezas naturales significativas, al menos no mayores a las que podría haber en sus despoblados estados de Utah o Idaho. ¿Para qué, además?, si Washington ya tiene en la región dos bases militares, tanto en su protectorado puertorriqueño como en Guantánamo, ésta puesta allí nomás para demostrar su poderío frente a “el primer territorio libre de América”.

Es evidente que lo único que Estados Unidos ha pretendido al desplazar 16 mil militares suyos en esa zona devastada es, además de ayudar formalmente a las víctimas, proteger sus fronteras caribeñas. ¿Que no? En sólo una semana, la prensa ha dado cuenta de varias embarcaciones repletas de damnificados haitianos que ya se dirigían a ritmo de ragga ragga a las costas de Florida, las mismas que fueron interceptadas y devueltas a casa por los marinos estadounidenses con toda pertinencia. Que nadie se espante en este punto, por favor: es lo mismo que haría el Ejército mexicano en caso de que una tragedia de esta magnitud afectara (Dios no lo quiera) a nuestro hermano país de Belice: ponerlos de patitas en la calle para, invocando a Massiosare, salvaguardar nuestro territorio nacional.

A la sombra de este objetivo, también es posible advertir otra misión no menos grave para la seguridad de Estados Unidos: impedir que esta tragedia se convierta en un río revuelto donde pesquen intereses igualmente atentatorios contra su integridad nacional, evitando, así, la aparición de una nueva pista del circo que viene escenificando en el subcontinente la Alianza Bolivariana para las Américas, Alba, como se autodenominan los gobiernos de los tres payasos de izquierda aquí referidos (faltando sólo el de Cuba, que hasta la fecha no ha dicho esta boca es mía, pues, nada tonto, sabe que, en caso de hacerlo, se vería comprometido a recibir en su territorio a los miles de desplazados haitianos que Estados Unidos rechaza y que, desde luego, la fantoche Revolución Cubana no quiere ver, salvo en los noticiarios).

¿Que no es ésta otra preocupación de Washington? A menos de una semana de ocurrido el terremoto haitiano, más de mil efectivos brasileños ya han “ocupado” la parte occidental de La Española, enviados ahí con toda diligencia por su comandante en jefe, el izquierdista Lula da Silva. Pero, claro, de esta otra ocupación militar no ha dicho ni pío alguno de esos perfectos idiotas latinoamericanos. Cómo, si de lo único que se trata ahora es de hallar algún culpable exógeno (siempre el otro) y, ¿quién mejor que el chupacabras preferido de nuestros cuentos folclóricos de horror?: Washington. ¡Buuú!

De cara a esta tragedia, más bien habría que preguntarse cómo es posible que el primer país independiente de América Latina haya regresado a las cavernas. Y al remitir al pueblo haitiano a ese punto cenozoico no creo estar exagerando: me bastó ver una sola imagen de este desastre para convencerme de que la historia no es lineal ni progresiva, sino que puede ser zigzagueante y regresiva hasta el punto de volver al lugar del que partió: cuando mi capacidad de asombro parecía ya desahuciada, surgió, de pronto, el espanto: cadáveres en las calles y gente que pasaba a su lado sin prestarles atención, puestos sus ojos sólo en un mendrugo, una gota de agua, cualquier nutriente para aplacar los reclamos de la carne. Como las bestias.

El terremoto es un fenómeno natural, cierto, pero ¿la indiferencia, la rapiña y la dejación animalescas? Por lo pronto, ya tenemos la respuesta de los perfectos idiotas latinoamericanos. Pero, de seguir evadiendo la responsabilidad que sólo a los haitianos les corresponde, como dijo Milan Kundera: Tout sera oublié, et rien reparé: Todo se olvidará y nada será reparado.

sábado 16 de enero de 2010

¡No sea macho y aguántese como los maricones!




No sin cierta perplejidad, me entero ahora de la conmoción que ha causado en la opinión pública mexicana (cualquiera que sea ésta) un comentario que emitió un simple conductor de televisión. Dado que, por salud mental, no suelo ver la tele, acudo en seguida a YouTube. Entonces, aparece Esteban Arce en su Matutino Express afirmando que la única sexualidad “normal” es entre un macho y una hembra y que todo lo demás es una aberración de la naturaleza.

En lugar de escalofriarme, me río. No sólo porque al tal Arce lo tengo por un bufón como al Brozo de Víctor Trujillo, sino porque se trata de una baladronada y, peor, sin tragos de por medio. Lo alarmante en este caso, sin embargo, es la reacción de los aludidos, me parece. Y es que con la misma intolerancia con que durante siglos se les arrinconó, ahora salen los homosexuales y las lesbianas en bola, envalentonados ellos y encabritadas ellas, para desgreñar cualquier pétalo que los toque. En el colmo de su intolerancia, exigen la renuncia del tal Arce. Es tanto como si gritaran: ¡No sea macho y aguántese como los maricones!

Por supuesto, da gusto que los oprimidos salgan a defender su identidad y que, en su determinación de ser, tengan contra las cuerdas a un representante del stablisment (¡de Televisa!). Pero también es necesario convenir que una cosa es una opinión y otra muy distinta una campaña de odio, o, lo que es lo mismo, bien vale diferenciar quién es Esteban Arce y quién Lou Dobbs. Seguramente la mayoría de los mexicanos ni siquiera haya oído hasta ahora el nombre de Lou Dobbs. Por lo mismo, es necesario aclarar aquí que, además de haber sido un conductor estelar de CNN, era un auténtico son of a bitch (un hijo de puta, vaya) que desde su influyente medio de comunicación fomentó durante años el odio contra los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, y los latinos en general.

Pero no vaya a pensarse que su campaña xenofóbica contaba con la mesura de Joaquín López Dóriga cuando este otro payaso de Televisa acota a quienes no considera dignos de su noticiario. Qué va. Lou Dobbs era más claridoso que Joseph Goebbels cuando de deportar inmigrantes se trataba. “Sobre ellos”, decía con su voz gangosa y aun amonestaba a los rangers de Arizona que no lograban detener (¿matar?) a los invasores de “la gran nación americana”.

A la sombra de su campaña anti-migrantes, creció necesariamente otra que exigía su renuncia. Fueron muchas organizaciones latinas en Estados Unidos las que (durante muchos años, ojo) lucharon para que cesara la campaña de odio que desde CNN entablaba Lou Dobbs contra nuestros morenazos, sin que en ninguna de esas batallas participara, por cierto, nuestra masiosare Secretaría de Relaciones Exteriores. Hasta que, finalmente, el 12 de noviembre de 2009, los ejecutivos de CNN tuvieron la sensibilidad de “deportar” a este trasnochado Goebbels de su pantalla.

“Es un triunfo contra los mensajeros del odio anti-migrante”, afirmó ese día Roberto Lovato, cofundador de Presente.org, proyecto que impulsó la campaña nacional contra Lou Dobbs en Estados Unidos, con una coalición de más de 40 agrupaciones latinas y de defensa de inmigrantes. No bien así, el FBI acaba de reportar que la escalada de ataques racistas contra la comunidad latina en Estados Unidos se ha disparado entre 40% y 50% en el último año. Y, como de costumbre, nuestros connacionales ni hacen olas. En contraste, nuestras minorías homosexuales gozan de cabal salud en el mismísimo país de los machos: abarrotan espacios públicos y se exhiben en cuanto medio de comunicación se deje. Y ante una sola opinión en su contra, exigen la remoción de quien osa criticarlos (incluso a un payaso como Arce). ¡Qué machos!

De gorrión 

No me perdonaría dejar pasar esta oportunidad para precisar que el apellido del susodicho Esteban deviene de un árbol perteneciente a la familia de las sapindáceas. Lamentablemente, dicho nombre (arce) ha ido desapareciendo en nuestro idioma, arrollado por el nombre con que se le conoce en inglés, maple, anglicismo que ahora nos hace decir barbaridades como “miel de maple” o “el país de la hoja de maple”. Es tanto como si dijéramos “miel de bees” o “el país de las stars y stripes”. Lo correcto es decir “miel de arce” y “el país de la hoja de arce”. Nada más.

miércoles 6 de enero de 2010

Los Medias Rojas y los medio rojos




En plena temporada navideña, cuando intentaba darles a mis neuronas una tregua leyendo sólo novelas, recibí en mi correo electrónico un mensaje que alertaba sobre la oscura fuente de financiamiento que mantiene vivo el movimiento de ese mosquito tabasqueño que, sin dar una, ah cómo da lata: Andrés Manuel López Obrador. Ahí, en formato Power Point, se reproducía un artículo de la columna Razones que mi admirado Jorge Fernández Menéndez publica en Excélsior. Apenas comencé a leerlo, terminaron mis vacaciones desde luego.

Con el título ¿Y usted de qué vive, señor López Obrador?, el colmilludo periodista dejaba entrever la imposibilidad de que el Mesías Tropical pudiera sostener cuatro casas, mantener un equipo de guaruras en lujosas camionetas del año, viajar a lo largo y ancho del país con su séquito y mandar a sus hijos a universidades privadas, incluso uno de ellos en el extranjero (¿el de los famosos tenis Louis Vuitton?), todo esto con los sesenta mil pesos que dizque gana el Presidente Legítimo (sic, pues sus candidatos no son electos ni en el distrito de Macuspana y hasta el Juanito le salió por la Brugada).

Si bien la objetividad que caracteriza a don Jorge le impidió aventurar ninguna conjetura al respecto, limitándose a preguntar “con todo respeto” ¿Y usted de qué vive, señor López Obrador?, los autores de ese pasquín cibernético dejaban entrever la posibilidad de que esa “oscura fuente de financiamiento” se extendiera desde los veneros del diablo de Hugo Chávez hasta el acaudalado presupuesto de la delegación más pobre del Distrito Federal: Iztapalapa.

Posibilidad que, sin embargo, no ha sido ni será investigada por el Instituto Federal Electoral o la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, de la misma manera que en en el ámbito local la Procuraduría congeló la denuncia que diputados priístas presentaron contra Martín Orozco para que se investigara la venta de un terrenito recién permutado por el municipio y que el entonces alcalde compró con toda pertinencia, con base en información privilegiada, para rentarlo enseguida a una cadena de farmacias y embolsarse así, con esta maniobra sigilosa, casi 50 mil pesos mensuales por concepto de alquiler.  

Más qué preguntarse por qué no se investigan esos indicios de corrupción, acaso sea más conveniente reflexionar para qué hacerlo: aun con los pelos pardos en la mano, la mula seguiría siendo blanca, impoluta, así mismo como se venden esos impostores morales y los compran, sin más, sus hordas fervorosas, igual que los fanáticos de un equipo resisten toda paliza y niegan cualquier evidencia de trampa —la mano de Dios de Maradona, por ejemplo, o la más reciente de Henry que llevó a Francia al Mundial de Sudáfrica—, todo por puro amor a la camiseta.

Sin embargo, mientras que en el terreno deportivo esta cerrazón es comprensible —dado que ahí se trafica rectamente con músculos y pasiones—, en el ámbito político tal obstinación resulta, lo menos, patética pues tal escenario es, por definición, el de la lucha de ideas y propuestas y no puede responderse a las mismas con sandeces como “¡Lo que pasa es que quieren destruir a López Obrador!” o “¡Martín Orozco es bueno y santo y por eso lo atacan!”, que vienen a ser algo así como el “leeeeros, leeeeros” que las porras cantan para repelar (e intentar repeler) cualquier punto contra su equipo.

En lo personal, ni siquiera comparto la pasión deportiva, aun cuando la comprenda como una manifestación del instinto gregario que tantas jaquecas le propina al ser humano. Una sola vez he sido fanático de un equipo: de los Medias Rojas de Boston. Me atraía de este equipo la maldición que cayó sobre él cuando en 1919 su propietario, Harry Frazee, decidió traspasar a Babe Ruth a los Yanquis de Nueva York, transacción que a la postre resultaría la más desastrosa de la historia del béisbol, dado que se estaba deshaciendo, sin saberlo, de un bateador en potencia.

Más atractiva aún, la enjundia con que los Medias Rojas pretendieron resarcir ese equívoco. Con el pundonor de quien lucha por limpiar su nombre, arremetían contra sus petulantes contrincantes en cada juego. La apoteosis de esta rivalidad se dio el 13 de octubre de 2003, cuando el pitcher bostoniano Pedro Martínez arrojó al piso al entrenador de la bancada yanqui, Don Zimmer, sin importar que éste tuviera 72 años. Ese día, hice lo que nunca me creí capaz: compré un banderín, una camiseta y una gorra de los Medias Rojas. Y, poco después, bauticé a mi perro con el honroso nombre de Boston.

¿Podía un fanático tener más dicha? Sí: apenas el año siguiente, en 2004, por primera vez desde que se deshicieron de Babe Ruth, los Medias Rojas ganaron la serie mundial contra los Cardenales de San Luis, avasallando en el camino a sus eternos rivales, los Yanquis, en la que quizá sea la serie más dramática de la historia del béisbol.

¿Podía un fanático tener más dicha? No: apenas el año siguiente, en 2005, mi héroe Pedro Martínez se fue a radicar a la ciudad del enemigo, y aunque no cometió el sacrilegio de lanzar para los Yanquis, me bastó verlo con el uniforme de los Mets para que arrancara el banderín de mi oficina. No salía aún del desencanto cuando me enteré de que Johnny Damon, el bateador estrella de los Medias Rojas, acababa de ser transferido, éste sí vendiéndoles su alma a los Yanquis. Entonces quemé la camiseta y la gorra. Y si a la fecha mi perro se sigue llamando Boston es sólo para recordarme lo tonto que puede ser uno cuando se deja guiar por la pasión.

Con todo, me queda el consuelo de no haber sido un medio rojo o medio azul, de esos que justifican toda inmoralidad o delito con tal de ver ganar a su candidato. Esto sí debe sentirse gacho, sobre todo a la hora de verse, a solas, en el espejo.  

lunes 4 de enero de 2010

sábado 19 de diciembre de 2009

El fin del efecto Ninotchka




A partir de la quiebra del banco de inversiones Lehman Brothers y la consecuente crisis en que sus incobrables préstamos hundieron al mundo en septiembre de 2008, resurgió como de ultratumba el debate sobre la vigencia del sistema económico capitalista. La metáfora, en este caso, no puede ser más oportuna: por una de esas coincidencias caprichosas que amalgaman la historia, el derrumbe de ese coloso financiero resucitó el fantasma que recorría Europa justo cuando Lehman Brothers era fundado en Nueva York, a mediados del siglo XIX: el desahucio del capitalismo, decretado precisamente en la víspera, en 1848, cuando Marx y Engels publicaron el Manifiesto del Partido Comunista con su célebre arranque: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo...”

Este asunto, del que nadie pensó que sería necesario volver a ocuparse desde el colapso de la Unión Soviética en 1991, ya recorre de nueva cuenta las aulas universitarias y los cubículos de los economistas y politólogos de Occidente, en efecto —incluso del neurálgico Washington—, mas no como un fantasma ya, sino como una salida de emergencia de cara al desastre en que culmina la era capitalista, tal como vaticinara mi tocayo del alma, el inexpugnable Marx. Tan calamitosa ha sido esta debacle (con un promedio mensual de 400 mil desempleados en Estados Unidos desde que estalló la crisis, por ejemplo), que aun los conservadores más obtusos se han venido alineando a la izquierda, al (deber) reconocer el papel rector que le corresponde al Estado para garantizar el funcionamiento del sistema: mera artimaña con la que buscan privatizar las ganancias y socializar las pérdidas a través de más rescates financieros, pero, claro, con cargo a los contribuyentes y a expensas del bienestar de las futuras generaciones.

Ésta es la única izquierda posible para ellos, porque al ver, por ejemplo, que el ex guerrillero José Mújica se acaba de sumar desde Uruguay al club de presidentes de izquierda que gobiernan en Sudamérica — ya de por sí nutrido con Lula da Silva en Brasil; Evo Morales en Bolivia; Michelle Bachelet en Chile; Rafael Correa en Ecuador y, con la pena, Hugo Chávez en Venezuela y los sempiternos hermanos Castro en Cuba—, las derechas regionales han dejado atrás su duelo y se han venido armando del cinismo que nunca les falta para intentar alertar a la opinión pública sobre los riesgos que comprendería un viraje a la izquierda, es decir, en sentido opuesto a sus intereses.

Es justo esta reacción de la reacción el trasfondo del golpe de Estado que depuso al populista mandatario hondureño, Manuel Zelaya. Para ello, esa élite centroamericana —al igual que ya lo hace la colombiana— echó mano del recurso más trasnochado de la propaganda capitalista: el efecto Ninotchka, petate del muerto con que pretenden advertir a los incautos de que, en el socialismo, no hay libertad de elegir y todos seríamos iguales —¡uy, qué miedo!—, tal como lo coligió aquella espía soviética interpretada por Greta Garbo que, al llegar en misión oficial a París, reniega del socialismo al ver las bondades del capitalismo, y en donde, de paso, pudo elegir a su marido como si se tratara de otra mercancía (Ninotchka, EE UU, 1939, dirigida por Ernst Lubitsch).

Si esta majadería es el principal argumento con que las oligarquías regionales pretenden atrincherar sus intereses moribundos, se comprende por qué en Uruguay la izquierda se anotó otro diez mientras que en Honduras debieron recurrir al extremo de un golpe de Estado, pues por la vía de la persuasión poco o nada habrían podido obtener de cara a las nulas ventajas que, de cierto, provee ya un sistema herido de muerte.  

Tarjeta navideña:

No se me ocurre un mejor regalo para mis queridos dos lectores que evitar amargarles la Navidad con las reflexiones de esta columna aguafiestas. Hago pues un mutis compasivo para que el candor (¿candidez?) de la temporada se explaye a sus anchas en vuestros corazones, en la promesa de que ya volveré a darles lata cuando en el paisaje no se avisten más que las deudas y la resaca que suelen quedar como únicos vestigios de tanta alharaca mercachifle. Ah, se me olvidaba: felicidades.

lunes 7 de diciembre de 2009

¿Tenemos un papá pidata o salas de cine vodaces?




En una de las versiones más sentimentaloides de la campaña contra la piratería, dos hermanitos ven la película que su papá les regaló. De pronto, la pantalla se torna gris y granulosa. Nos enteramos en voz del mayorcito que esto se debe a que la película es pirata. Sin más, ambos se alejan del televisor arrastrando los pies, mientras el más pequeño pregunta ñoño, a punto de las lágrimas: “¿Tenemos un papá pidata?”.

No sé si, ante tal chantaje clasista, caiga alguno de los millones de papás que recurren a esos subproductos del mercado informal. Me imagino que no han de ser más de dos los incautos porque, por un lado, la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica y Videogramas (Canacine) asegura que, por culpa de la piratería, sus agremiados pierden más de 500 millones de dólares y no venden casi 40 millones de boletos en taquilla, cada año. Por el otro lado, en el más reciente Congreso Mundial contra la Falsificación y la Piratería, se calculó que en todos los sectores —desde el cinematográfico y el discográfico hasta el farmacéutico y del vestido— las ventas de la piratería en México ascienden a 900 mil millones de pesos anuales.

Pero, bien reza el dicho que “donde se llora, ahí está el muerto” porque, a pesar de esas dizque pérdidas multimillonarias, a dicho congreso asistieron 60 líderes y 500 delegados del mundo entero, todos transportados en primera clase y alojados en los hoteles más lujosos de Cancún. Y es que de esto se trata precisamente este lloriqueo mediático: de persuadir a la clase media de que desista de sus desesperadas prácticas de consumo para poder perpetuar los privilegios de quienes se creen dueños, más que de sus marcas, del mundo.

Por lo mismo, aunque no acostumbro comprar DVD piratas —sólo por cuestiones de calidad—, suelo revirarle al escuincle del promocional aquel con el mismo cinismo con que los patrocinadores de esa campaña persuasora asaltan mi bolsillo cada vez que asisto a un estreno: “¿Tenemos salas de cine vodaces?”. Y es que la voracidad es el talante de la exhibición cinematográfica en México, en efecto. Basta pararse frente a la taquilla de cualquiera de esas corporaciones para que uno sienta el metal en las costillas. No sólo por el precio del boleto, cuanto porque enseguida comienza el consabido “la cartera o la vida” que en esos tugurios le sueltan a uno con uniforme y sonrisa institucionales: “¿Desea donar cinco pesos para los niños discapacitados?”, por ejemplo.

Apenas librado el primer intento de asalto, el siguiente atraco se perpetra justo donde uno pretendía endulzarse la vida: por no menos de 70 pesos nos encajan el paquete básico de palomitas y refresco.  Si uno se atreve a elegir esa dieta elemental, el empleado en turno, con base en el manual de procedimientos, insistirá en sustraer de su cartera otro billete: “¿No desea acompañar sus palomitas con unos nachos, un hot dog o un chocolate?”; “Por sólo 20 pesos más puede llevarse el paquete especial”;  “¿Ya tiene la tarjeta de cliente distinguido? Sólo le cuesta...”.

Si usted logra llegar a su butaca con un solo billete en el fondo de su cartera, no cante victoria: durante el largo preludio comercial, la compañía en turno —Cinépolis, principalmente— intentará arrebatárselo, ahora echando mano de su artillería pesada: Diana Bracho, por ejemplo, quien le rogará, con su gesto insenescente y angelical, que
no sea cruel y regrese a la dulcería a donar 5 pesos para ayudar a quienes, a diferencia de usted, no pueden ver. Entonces, una vez trasquilada su cartera y sintiéndose culpable aun de haber nacido, podrá ver por fin la película.  

Lo que Cinépolis no le permitirá ver, aun con una visión 20/20, es que con el dinero de los donantes deduce impuestos en beneficio de sus ganancias corporativas, sin importar que su fundación establezca que su misión es “contribuir a la justicia social de nuestro país a través de programas de salud visual”. Hipócritas. Si así fuera, dado que su boletaje es uno de los más caros de América Latina, ofrecería donar esos 5 pesos deduciéndolos de cada boleto que vende.

No es pues de extrañar que la piratería haya encontrado su caldo de cultivo en esta voracidad corporativista. Por lo mismo, resulta más que comprensible que esos distribuidores regidos por la lógica del “más vale bien podrido que mal vendido” no vendan 40 millones de boletos cada año y proyecten muchos de sus estrenos en salas prácticamente vacías, más aún cuando Blockbuster —a tiempo con la carestía en boga— ya renta películas de estreno a 15 pesos cada martes, y aun a 10 pesos en promociones especiales.

Entonces, ¿tenemos un papá pidata o salas de cine vodaces?, lo pregunto aun siendo miembro activo de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y de la Sociedad Mexicana de Directores y Realizadores de Obras Audiovisuales, y a pesar de haber cobrado regalías en ambas asociaciones gremiales. Y si no caigo en el burdo chantaje de esas corporaciones es porque estoy convencido de que los autores podríamos cobrar regalías más abultadas si los distribuidores no fueran tan transas y voraces como Cinépolis y anexos.

Por eso, cuando algún promocional intente avergonzarlo preguntándole qué les está enseñando a sus hijos al comprar películas piratas, responda con el mismo cinismo de esos impostores morales: ¡A ahorrar, cabrones!