Imbuidos
por el espíritu navideño que ya recorre las aduanas y garitas de la frontera
norte con el eslogan de ¡Bienvenido,
paisano!, no está de más traer a cuento la historia de José. Mas no la del
abnegado esposo de María, sino la del Cristo del
Antiguo Testamento: José El Soñador,
protagonista de uno de los pasajes bíblicos más agudos sobre la grandeza que
comprende sobreponerse a las traiciones y los despojos mundanos, aun cuando esas
afrentas las propinen quienes están más cerca del corazón de uno.
Sobre esto trata precisamente la historia de José, el preferido de los hijos de Jacob, quien fue vendido como esclavo por sus propios hermanos a unos comerciantes egipcios, no tanto para aplacar su ambición cuanto su envidia. El joven predilecto de su padre fue llevado, por ese solo pecado, a un reino inhóspito y lejano. Pero ahí, gracias a sus sueños premonitorios, logró sobreponerse a su condición de esclavo hasta el grado de convertirse en consejero del mismísimo faraón.
Ya instalado en la cúspide del imperio egipcio, José no aprovechó su posición de poder para vengarse de sus hermanos. Por el contrario, cuando la hambruna orilló a éstos a arrodillarse ante su túnica, los recibió con los brazos abiertos y, una vez revelada su identidad, los llenó de bendiciones por siete generaciones.
Esta referencia bíblica resulta más que evidente de cara a la reciente visita del ing. José Hernández a nuestro país. De nombre común y cara ordinaria, el José del que aquí hablamos es, si bien de origen mexicano, estadounidense de nacimiento, doctor en ingeniería y astronauta de la NASA, recién desembarcado del transbordador Discovery que llevó provisiones a la Estación Espacial apenas el mes pasado.
Por razones económicas, sus padres se expatriaron de La piedad, Michoacán, hace más de cuarenta años. Entonces, su hijo menor, nuestro José Hernández, al ver que su destino sería recoger tomates, remolachas y pepinos en los campos californianos, decidió mejor invertir todas sus fuerzas en la escuela. Por esa vía fue como llegó hasta la cúspide (la NASA), al igual que el José bíblico lo hizo en el Egipto imperial. Ambos, apuntalados sólo por gracia y obra de sus sueños.
Una vez encumbrado, este José, como el bíblico, lejos de levantar su brazo para tomar venganza, vino a México para perdonar a sus hermanos traidores: “Qué bonito es estar de vuelta en la tierra de uno”, se apiadó de nosotros en la mismísima Piedad, a pesar de que México sólo contribuyó a su carrera estelar al dejar a su familia en la miseria y orillarla, por lo tanto, a cruzar el río Bravo.
Sin menos lustre, igual lo hacen los millones de trabajadores ilegales en Estados Unidos que, mes a mes, auxilian a sus familias al compartir con ellas los bienes ganados en su exilio forzoso: 25 mil 144 millones de dólares enviados por ellos a México en 2008, por ejemplo. Y, a pesar de la caída del 17.5% que registraron durante este calamitoso 2009, sus remesas siguen constituyendo la segunda fuente de divisas más importante del país, sólo por debajo de las exportaciones de petróleo y aún por encima del total de divisas captado por el sector turístico.
Ante la grandeza de su gesto, su país de origen sólo alcanza a susurrarles: “Bienvenido, paisano”. Así, con esta frasecita, ha arrancado una vez más el programa con que el Gobierno mexicano pretende darles una sobadita a quienes, con su fallidez institucional, ha condenado a un exilio tan apremiante como ominoso: ocho millones y medio de josés nacidos en México que ahora residen en Estados Unidos, según los datos más conservadores, cifra que, con todo, es igual a la población de Costa Rica y Panamá juntos o al total de habitantes de la ciudad más grande de toda Iberoamérica: el Distrito Federal.
Pero, ironías de la vida, mientras México se ha convertido así en uno de los principales países productores de emigrantes del mundo, con una expulsión de 525 mil personas en promedio al año (cinco emigrantes por cada mil habitantes), su fallidez (por no decir ojetez) fue recompensada paradójicamente con 85 mil 429 millones de dólares sólo durante el sexenio foxista.
Para ubicar en su justa dimensión el caudal que tal monto representa para las finanzas públicas locales, acótese que esa suma es superior a las reservas internacionales que el Banco de México contabiliza al día de hoy. O sea, que, como en el pasaje bíblico inicial, si la ruina de los hermanos traidores no es cabal e irreparable, es en buena parte por la indulgencia del que por ellos fue vendido como esclavo.
Por eso, el mérito que enaltece a nuestros josés al recibirnos con los brazos abiertos, denigra al mismo tiempo a quienes en México pretenden lucirse con su triunfo, el que, de ser compartido, sólo podría disputarlo el Gobierno estadounidense, que sí les dio las oportunidades que en México se les negaron. Nadie más.
Sobre esto trata precisamente la historia de José, el preferido de los hijos de Jacob, quien fue vendido como esclavo por sus propios hermanos a unos comerciantes egipcios, no tanto para aplacar su ambición cuanto su envidia. El joven predilecto de su padre fue llevado, por ese solo pecado, a un reino inhóspito y lejano. Pero ahí, gracias a sus sueños premonitorios, logró sobreponerse a su condición de esclavo hasta el grado de convertirse en consejero del mismísimo faraón.
Ya instalado en la cúspide del imperio egipcio, José no aprovechó su posición de poder para vengarse de sus hermanos. Por el contrario, cuando la hambruna orilló a éstos a arrodillarse ante su túnica, los recibió con los brazos abiertos y, una vez revelada su identidad, los llenó de bendiciones por siete generaciones.
Esta referencia bíblica resulta más que evidente de cara a la reciente visita del ing. José Hernández a nuestro país. De nombre común y cara ordinaria, el José del que aquí hablamos es, si bien de origen mexicano, estadounidense de nacimiento, doctor en ingeniería y astronauta de la NASA, recién desembarcado del transbordador Discovery que llevó provisiones a la Estación Espacial apenas el mes pasado.
Por razones económicas, sus padres se expatriaron de La piedad, Michoacán, hace más de cuarenta años. Entonces, su hijo menor, nuestro José Hernández, al ver que su destino sería recoger tomates, remolachas y pepinos en los campos californianos, decidió mejor invertir todas sus fuerzas en la escuela. Por esa vía fue como llegó hasta la cúspide (la NASA), al igual que el José bíblico lo hizo en el Egipto imperial. Ambos, apuntalados sólo por gracia y obra de sus sueños.
Una vez encumbrado, este José, como el bíblico, lejos de levantar su brazo para tomar venganza, vino a México para perdonar a sus hermanos traidores: “Qué bonito es estar de vuelta en la tierra de uno”, se apiadó de nosotros en la mismísima Piedad, a pesar de que México sólo contribuyó a su carrera estelar al dejar a su familia en la miseria y orillarla, por lo tanto, a cruzar el río Bravo.
Sin menos lustre, igual lo hacen los millones de trabajadores ilegales en Estados Unidos que, mes a mes, auxilian a sus familias al compartir con ellas los bienes ganados en su exilio forzoso: 25 mil 144 millones de dólares enviados por ellos a México en 2008, por ejemplo. Y, a pesar de la caída del 17.5% que registraron durante este calamitoso 2009, sus remesas siguen constituyendo la segunda fuente de divisas más importante del país, sólo por debajo de las exportaciones de petróleo y aún por encima del total de divisas captado por el sector turístico.
Ante la grandeza de su gesto, su país de origen sólo alcanza a susurrarles: “Bienvenido, paisano”. Así, con esta frasecita, ha arrancado una vez más el programa con que el Gobierno mexicano pretende darles una sobadita a quienes, con su fallidez institucional, ha condenado a un exilio tan apremiante como ominoso: ocho millones y medio de josés nacidos en México que ahora residen en Estados Unidos, según los datos más conservadores, cifra que, con todo, es igual a la población de Costa Rica y Panamá juntos o al total de habitantes de la ciudad más grande de toda Iberoamérica: el Distrito Federal.
Pero, ironías de la vida, mientras México se ha convertido así en uno de los principales países productores de emigrantes del mundo, con una expulsión de 525 mil personas en promedio al año (cinco emigrantes por cada mil habitantes), su fallidez (por no decir ojetez) fue recompensada paradójicamente con 85 mil 429 millones de dólares sólo durante el sexenio foxista.
Para ubicar en su justa dimensión el caudal que tal monto representa para las finanzas públicas locales, acótese que esa suma es superior a las reservas internacionales que el Banco de México contabiliza al día de hoy. O sea, que, como en el pasaje bíblico inicial, si la ruina de los hermanos traidores no es cabal e irreparable, es en buena parte por la indulgencia del que por ellos fue vendido como esclavo.
Por eso, el mérito que enaltece a nuestros josés al recibirnos con los brazos abiertos, denigra al mismo tiempo a quienes en México pretenden lucirse con su triunfo, el que, de ser compartido, sólo podría disputarlo el Gobierno estadounidense, que sí les dio las oportunidades que en México se les negaron. Nadie más.
Ni siquiera el presidente Felipe Calderón, quien, aun siendo paisano de la familia Hernández, en lugar de intentar saludar con casco ajeno —como sí pretendió hacerlo—, sólo debió aprovechar la oportunidad de aproximarse al célebre astronauta para emular lo que los hermanos de José El Soñador sí supieron hacer: pedirle perdón.
(Con
datos de Consultores
Internacionales; INEGI; Banco de México y BBVA-América.)







