domingo 22 de noviembre de 2009

José (Hernández) vendido por sus hermanos





Imbuidos por el espíritu navideño que ya recorre las aduanas y garitas de la frontera norte con el eslogan de ¡Bienvenido, paisano!, no está de más traer a cuento la historia de José. Mas no la del abnegado esposo de María, sino la del Cristo del Antiguo Testamento: José El Soñador, protagonista de uno de los pasajes bíblicos más agudos sobre la grandeza que comprende sobreponerse a las traiciones y los despojos mundanos, aun cuando esas afrentas las propinen quienes están más cerca del corazón de uno.

Sobre esto trata precisamente la historia de José, el preferido de los hijos de Jacob, quien fue vendido como esclavo por sus propios hermanos a unos comerciantes egipcios, no tanto para aplacar su ambición cuanto su envidia. El joven predilecto de su padre fue llevado, por ese solo pecado, a un reino inhóspito y lejano. Pero ahí, gracias a sus sueños premonitorios, logró sobreponerse a su condición de esclavo hasta el grado de convertirse en consejero del mismísimo faraón.

Ya instalado en la cúspide del imperio egipcio, José no aprovechó su posición de poder para vengarse de sus hermanos. Por el contrario, cuando la hambruna orilló a éstos a arrodillarse ante su túnica, los recibió con los brazos abiertos y, una vez revelada su identidad, los llenó de bendiciones por siete generaciones.

Esta referencia bíblica resulta más que evidente de cara a la reciente visita del ing. José Hernández a nuestro país. De nombre común y cara ordinaria, el José del que aquí hablamos es, si bien de origen mexicano, estadounidense de nacimiento, doctor en ingeniería y astronauta de la NASA, recién desembarcado del transbordador Discovery que llevó provisiones a la Estación Espacial apenas el mes pasado.

Por razones económicas, sus padres se expatriaron de La piedad, Michoacán, hace más de cuarenta años. Entonces, su hijo menor, nuestro José Hernández, al ver que su destino sería recoger tomates, remolachas y pepinos en los campos californianos, decidió mejor invertir todas sus fuerzas en la escuela. Por esa vía fue como llegó hasta la cúspide (la NASA), al igual que el José bíblico lo hizo en el Egipto imperial. Ambos, apuntalados sólo por gracia y obra de sus sueños.

Una vez encumbrado, este José, como el bíblico, lejos de levantar su brazo para tomar venganza, vino a México para perdonar a sus hermanos traidores: “Qué bonito es estar de vuelta en la tierra de uno”, se apiadó de nosotros en la mismísima Piedad, a pesar de que México sólo contribuyó a su carrera estelar al dejar a su familia en la miseria y orillarla, por lo tanto, a cruzar el río Bravo.

Sin menos lustre, igual lo hacen los millones de trabajadores ilegales en Estados Unidos que, mes a mes, auxilian a sus familias al compartir con ellas los bienes ganados en su exilio forzoso: 25 mil 144 millones de dólares enviados por ellos a México en 2008, por ejemplo. Y, a pesar de la caída del 17.5% que registraron durante este calamitoso 2009, sus remesas siguen constituyendo la segunda fuente de divisas más importante del país, sólo por debajo de las exportaciones de petróleo y aún por encima del total de divisas captado por el sector turístico.

Ante la grandeza de su gesto, su país de origen sólo alcanza a susurrarles: “Bienvenido, paisano”. Así, con esta frasecita, ha arrancado una vez más el programa con que el Gobierno mexicano pretende darles una sobadita a quienes, con su fallidez institucional, ha condenado a un exilio tan apremiante como ominoso: ocho millones y medio de josés nacidos en México que ahora residen en Estados Unidos, según los datos más conservadores, cifra que, con todo, es igual a la población de Costa Rica y Panamá juntos o al total de habitantes de la ciudad más grande de toda Iberoamérica: el Distrito Federal.

Pero, ironías de la vida, mientras México se ha convertido así en uno de los principales países productores de emigrantes del mundo, con una expulsión de 525 mil personas en promedio al año (cinco emigrantes por cada mil habitantes), su fallidez (por no decir ojetez) fue recompensada paradójicamente con 85 mil 429 millones de dólares sólo durante el sexenio foxista.

Para ubicar en su justa dimensión el caudal que tal monto representa para las finanzas públicas locales, acótese que esa suma es superior a las reservas internacionales que el Banco de México contabiliza al día de hoy. O sea, que, como en el pasaje bíblico inicial, si la ruina de los hermanos traidores no es cabal e irreparable, es en buena parte por la indulgencia del que por ellos fue vendido como esclavo.

Por eso, el mérito que enaltece a nuestros josés al recibirnos con los brazos abiertos, denigra al mismo tiempo a quienes en México pretenden lucirse con su triunfo, el que, de ser compartido, sólo podría disputarlo el Gobierno estadounidense, que sí les dio las oportunidades que en México se les negaron. Nadie más.

Ni siquiera el presidente Felipe Calderón, quien, aun siendo paisano de la familia Hernández, en lugar de intentar saludar con casco ajeno —como sí pretendió hacerlo—, sólo debió aprovechar la oportunidad de aproximarse al célebre astronauta para emular lo que los hermanos de José El Soñador sí supieron hacer: pedirle perdón.


(Con datos de Consultores Internacionales; INEGI; Banco de México y BBVA-América.)

miércoles 11 de noviembre de 2009

No votar es un placer, genial, sensual




En la víspera de las pasadas elecciones, cuando la opinión pública se debatía entre el derecho-deber de votar y la anulación del voto, yo sólo bostezaba acojinado en mi decisión de no volver a elegir a quien, sin falta, habría de darme en la madre en cuanto llegara a su curul, escaño o trono (federal, estatal o municipal).

Ni siquiera me quitó el sueño esa dizque novedosa fórmula híbrida (anular el voto), aparentemente emparentada con la mía (no votar), pues, como me dijo un votante cumplido de toda la vida, mi amigo Francisco Sánchez: “Si tu desencanto con el sistema político es tal que te impide ya validarlo con tu voto, está bien; pero ir a votar para no votar, es una pendejada”.

Además, no me faltaron dedos de frente para advertir en la desusada promoción de la anulación del voto un ajuste de cuentas por parte de los medios electrónicos contra la flamante ley que los obligaba a transmitir propaganda electoral sin recibir a cambio, por primera vez, un solo peso de los cientos de millones que solían facturar por este concepto en cada elección.

Así las cosas, preferí otra vez desoír los susurros de la dominatrix en turno: el candidato o la candidata que sólo busca a sus clientes cuando va tras el hueso y, una vez asegurado éste, lo convierte en una suerte de macana con la que golpea sádicamente a quienes lo contratan. Y es que, a falta de mecanismos legales que promuevan y permitan la participación y la fiscalización ciudadanas más allá de las urnas, los candidatos victoriosos sólo deben (y pueden) responder a los mandatos de sus respectivos institutos políticos, aun cuando éstos, en su afán malabarista o trepador, les ordenen atentar contra los intereses de sus propios electores.   

De allí que los flamantes diputados no se hayan tocado el corazón para autorizar la cascada de impuestos y aumentos con que convirtieron a la Ley de Ingresos 2010 en la más reciente sesión sadomasoquista del sistema político mexicano de cara a sus electores. Todo con tal de garantizar sus dietas, emolumentos, bonos, canonjías y un largo y obsceno etcétera en un país con más de 50 millones de pobres.

Pero, incluso en su papel de dominatrices, los congresistas mexicanos han resultado, por blandengues, un fraude. Así fue cuando decidieron aminorar el castigo a los fumadores prorrateando el aumento de dos pesos a la cajetilla de cigarros en los próximos cinco años (ni siquiera Chava Flores le escatimó a la sufrida Bartola esos dos pesos, caray).

A pesar de ser un fumador activo, esta concesión me parece tan demagógica como ridícula, acaso porque viví en Canadá varios años, y allá, como en Estados Unidos, el precio de cada cajetilla rebasa los diez dólares (135 pesos mexicanos), y más del 80% de este dinero se va directo al fisco. No bien así, nadie se atreve en esos países a implorar piedad para quienes se suicidan a bocanadas y atentan al mismo tiempo contra la salud pública. Ni siquiera los fumadores.

Tan resultó una estafa esta resolución, que incluso un fumador empedernido, el senador Pablo Gómez, les reclamó a los panistas su emblemática tibieza: “Yo lamento mucho que en la bancada del gobierno haya varios rajones, que habiendo votado este asunto la madrugada del sábado pasado (aumentar dos pesos por cajetilla de golpe), vengan ahora arrepentidos. Quién sabe con quién hablaron y qué les dijeron. A la mejor, que en Nayarit no van a tener trabajo los campesinos, lo cual es otra falsedad, porque la cuota de producción nacional de tabaco la imponen dos monopolios internacionales que compran el tabaco donde les da la gana, y lo mandan a cultivar por contrato, y donde es más barato ahí lo compran”.

¿Con quién hablaron esos rajones? ¿Con dos o tres ejecutivos de las tabacaleras trasnacionales? En tal caso, ¿el cabildeo de esos fulanos pudo ser más eficaz que el sufragio de millones de mexicanos? ¿Habrían sido capaces esos diputados recién electos de darle en la torre a quienes los eligieron en las urnas? Y, entonces, ¿dónde queda la Constitución que ordena que esos diputados deben servir sólo al pueblo que los elige?

Mientras alguien pide las sales o se toma la molestia de averiguarlo, yo mejor enciendo un cigarro casi regalado gracias a la blandenguería de las mazmorras de San Lázaro y Xicoténcatl. Y exhalo ahora una bocanada de niebla deliciosamente aromatizada para cantar al lado de la única dominatrix por la que desde hace muchos años yo sí voto y seguiré votando, Sarita Montiel: Fumar es un placer, genial, sensual...

lunes 2 de noviembre de 2009

Un premio para los 14 mil muertos de Eliot Necio


Con el orgullo propio de un párvulo, Felipe Calderón Hinojosa corrió a recibir la estrellita que, en reconocimiento al combate contra el crimen organizado, se decidió ponerle en la frente. Tal distinción no se le concedió, sin embargo, en Ciudad Juárez, Reynosa, Tijuana, Culiacán, y ni siquiera en alguno de los municipios michoacanos que desde su ascensión a la Presidencia ha convertido en auténticos campos de batalla, sino allá donde su guerra antinarco, como los toros, se ve mejor: Estados Unidos, el mayor consumidor de drogas del mundo, ya se sabe, pero también el país que no hace nada de nada —al menos no internamente— para impedir que su santa paz social se vea afectada por un asunto tan menor como el consumo de drogas. Y es que los gringos serán marihuanos, pero no tarugos.

¿Convertir las arboladas calles norteamericanas en remedos de los invadidos y derruidos barrios de Bagdad o Kabul o Ciudad Juárez? ¿Afectar la vida comunitaria en su conjunto por culpa de un puñado de adictos? ¿Denigrar mundialmente el American Way of Life en aras de un castigo ejemplar contra las adicciones (¿aficiones?), más aún cuando éstas son de índole personal? ¿Ahuyentar, así, al turismo y a la inversión, nacional e internacional, en las zonas más conflictivas o de alto consumo? Peor aún: ¿exponer a la Guardia Nacional o al Ejército al contagio del poderío multimillonario, virulento, de los cárteles del narcotráfico? Come on, be serious!, diría Barack Obama.

No así el ingenuo Eliot Ness mexicano (Barack Obama dixit) que decidió legitimarse en la Presidencia combatiendo justamente esa bagatela, tan útil para la retórica electoral pero tan absurda en el mundo real. Y es que, a diferencia de este trasnochado héroe mexicano, Obama al parecer sí vio el desenlace de Los Intocables, la serie televisiva sobre la Prohibition (Ley Seca) que en español sublimó para la eternidad la crónica de quien a la postre sería uno de los mayores escritores latinoamericanos: Álvaro Mutis. Como se recordará, tanto en la serie como en la vida real, el obcecado Eliot Ness combate sin tregua a los traficantes de alcohol clandestino. A pesar de su feroz persecución, no logra eliminarlos ni cuando en 1931 arresta finalmente a Al Capone, que vendría a ser algo así como el Chapo Guzmán del alcohol que se traficaba ilegalmente en Estados Unidos en esa época. La guerra sólo termina cuando la inteligencia se impone a la estupidez, y el presidente Franklin Roosevelt autoriza de nuevo la producción y la venta de alcohol en la primavera de 1933. Desde entonces, todo Estados Unidos brinda a la salud de los muertos que Eliot Ness enterró inútilmente en aras de su salud.

Tan saben nuestros vecinos norteños que la guerra contra el narcotráfico es una guerra perdida igualmente, que en California ya hay más establecimientos legales para la venta de marihuana que escuelas públicas, según nos ilustra el canciller foxista, Jorge G. Castañeda, en El narco: la guerra fallida, el libro sobre la guerra contra el crimen organizado que escribió al alimón con Rubén Aguilar.

En el mismo sentido, bien puede traerse a cuento el dato revelador de que uno de los principales accesos de narcóticos a la Unión Americana, Calexico, California, “se encuentra olvidado y rezagado tecnológicamente para realizar labores de vigilancia, situación que aprovecha el crimen organizado para pasar drogas entre la mercancía legal que cruza por este lugar”, según reportó El Universal en una estupenda serie de reportajes sobre el desdén de las autoridades estadounidenses a propósito del ingreso de estupefacientes provenientes de México. Y es que, insisto, los gringos serán marihuanos pero también hipócritas: todo antes que enfrascarse en una guerra perdida de antemano.

Lo saben-niegan con la misma doble moral que promueven la democracia allí mismo donde la han exterminado a punta de invasiones y golpes de Estado. Pero, al parecer, no lo sabe el flamante Líder del Año, Felipe Calderón Hinojosa, quien, con todo y su estrellita, ignora igualmente que el consumo de drogas —como de alcohol, tabaco, pornografía, prozac, viagra o salmos— es un asunto de estricta decisión personal y, por lo tanto, poco o nada puede hacer el Estado para eliminarlo, mas no así para impedir las graves consecuencias que acarrea el despropósito de su combate. Mientras tanto, el heroísmo de nuestro Eliot Necio ya suma 14 mil muertos y miles de millones de dólares fugados por terror. Salud.

miércoles 28 de octubre de 2009

Mucho Orozco y poco PAN



Muy listo él, siempre con el manual del poder bajo el brazo, ya se alista a ser el candidato panista al Gobierno estatal de Aguascalientes y de ahí —diría Juanito—, a la Grande, a la Presidencia de la República (si el pueblo se deja, claro).

Cómo no se ha de dejar, por favor, siendo Martín Orozco Sandoval hombre de Dios y de campo, acostumbrado, como su correligionario Vicente Fox, a levantarse a las cinco de la mañana y a acostarse a la misma hora que el sol; tan aplicado e infatigable los siete días de la semana en su propósito voraz: sin tregua, sin haber descansado un solo instante desde el fatídico día en que se le acabó la chamba al frente de la alcaldía de Aguascalientes.

Entonces, a punto de enloquecer, acosado por la ociosidad (“madre de todos los vicios”, lo prevendría su catequista allá en su natal Santa María de los Ángeles, Jalisco), se las ingenió para —siempre en atención a su manual del poder— mantenerse vigente en los medios de comunicación a través de entrevistas oportunistas y opiniones coyunturales.

Hasta que se le prendió el foco (muy amplio en él, por cierto) y fundó la Asociación Civil Causa Común, A.C., mero membrete con el que desde 2008 ha tenido pretexto para usar a cualquier medio que se deje (muchos, qué pena) en el despropósito de convertir a la prensa en templete de sus afanes protagonistas. Insaciables.

Y es que, además de poner el huevo hay que cacarearlo, le habrían enseñado también las gallinas allá en su ranchito jalisciense. Por lo mismo, Martincillo, siempre aplicado, torturó a los aguascalentenses durante su alcaldía con su foto faraónica al lado de sus minúsculas obras municipales.

De allí que se hiciera al mismo tiempo cliente habitual de los estudios fotográficos Rembrandt y Plató 54, siempre en el afán de rendirle culto a su imagen. No tanto por vanidad (cómo, con esa “calva indecente”, diría Ana Belén) cuanto en seguimiento estricto del devocionario que carga sin falta bajo el brazo: el manual del poder, cuyos preceptos le ordenan aquello que sin duda su catequista también le enseñaría: “Santo que no es visto no es venerado”.   

Así las cosas, ya sin secretaria ni secretaría, muy astuto él, fundó la susodicha Causa Común con la que ha tenido derecho de picaporte para entrometerse en cualquier asunto público desde que quedó desempleado del Gobierno municipal. Y ahora, en el colmo de su adicción mercadotécnica, contamina las calles de nuestra ciudad con unas tristes camionetitas rojas que a todo volumen lo anuncian como golosina. Para los niños y los estúpidos será, porque, lo que es a mí, sólo me causa risa.

No sólo porque el actual Gobierno municipal ya le respondió a sus afanes protagónicos sacando algunos de sus trapitos al sol (las chatarras que tenía como patrullas durante su gestión) sino, sobre todo, porque toda su alharaca publicitaria se pudre de cara al talón de Aquiles que adolece su precampaña mediática: su partido.

Por eso, en lo que a mí respecta, que diga misa Martín Orozco Sandoval. Y es que, gracias a Dios, lo postularía el mismo instituto político que ya fue derrotado en las elecciones para renovar el Congreso federal, al igual que en todas las votaciones locales de este año, incluyendo a nuestros vecinos Querétaro, Guanajuato, Jalisco y San Luis Potosí: el Partido Acción Nacional, la gran decepción de la democracia mexicana, justo por lo mismo que Martín Orozco representa: mucho ruido y pocos hechos. Como sus patrullas.

martes 20 de octubre de 2009

Una tersa alfombra azul para el retorno triunfal del tricolor


Tras el tiro de gracia decretado contra la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, muchas y muy diversas voces se han apresurado a calificar como “valiente” esta decisión, mientras que otros tantos despistados ya se alistan a postular a Felipe Calderón como un auténtico reformador. Es tanto como honrar a quien, por su inmovilidad e impericia, se ha quedado en la pobreza y no tiene más remedio que matar a zapatazos al ratón que le disputa el último mendrugo en su alacena. ¡Valiente valentía!

Para demostrar la inmovilidad y la impericia del Partido Acción Nacional al frente del Gobierno federal, sería suficiente traer a cuento un solo dato, casi anecdótico, pero de suyo revelador en este sentido: durante sus muchos y muy encomiables años como oposición, el PAN no cejó en exigir que el PRI dejara de usar los colores de la bandera nacional en su imagen partidista. “Es una táctica mañosa y desleal con la que el partido oficial confunde al electorado y lleva votos a su molino”, denunciaban los panistas en cualquier tribuna que tuvieran a su alcance. Pero en cuanto sacaron al PRI de Los Pinos, se olvidaron de este asunto y prefirieron llevar la fiesta en paz. Todo en el marchantesco afán de intentar sacar adelante sus trámites legislativos. El presupuesto anual, por ejemplo.

Más grave aún, pero a resultas de la misma visión mercachifle, el PAN-Gobierno no se atrevió a tocar la red corporativista que el priato instituyó al interior de las entidades gubernamentales y paraestatales federales, ni tampoco osó desmantelar las relaciones corruptas que éstas sostienen con sus sindicatos y proveedores. En lugar de ello —la auténtica reforma que hubiera sacado al PRI de Los Pinos y habría instalado a México en una verdadera democracia—, el partido fundado por Manuel Gómez Morín elevó a condición de intocables a esas estructuras priístas, teniendo sólo en mente, otra vez, los liliputienses trámites legislativos.

En el colmo de esta actitud inmediatista y acomodaticia, el PAN-Gobierno aprovechó el Parque Jurásico heredado por el PRI para renovar su contrato de arrendamiento en Los Pinos. Así fue en 2006, cuando se sirvió de los rencores de la esperpéntica lideresa del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, Elba Esther Godzilla, para consumar la victoria electoral de Felipe Calderón por la vía de la coerción y la intimidación en contra de sus asustadizos y analfabetos agremiados. Así mismo, como solía hacerlo el PRI en sus años de gloria.

Teniendo por lema cambiar todo para que todo siga igual, el PAN-Gobierno habría desocupado Los Pinos en 2012 sin haber hecho una sola ola, nadando de muertito, como lo venía haciendo desde el 1 de diciembre de 2000. Pero para desgracia de su tibieza conservadora, en 2008 irrumpió el catarrito que se convirtió en pulmonía, justo por su inmovilidad e impericia. No habiendo podido sacar para entonces ni siquiera la reforma fiscal que le permitiera obtener recursos de una fuente menos volátil que Pemex, llegó finalmente la pobreza a las arcas de don Agustín Carstens. Entonces, apareció la rata solitaria del Sindicato Mexicano de Electricistas en su alacena y lo demás es un simple zapatazo. Por hambre.

Para no perder la costumbre, este golpe constituye en realidad, por rebote, un regalo a favor del PRI, pues el Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana, el SUTERM, es una de las organizaciones más cetemistas y mesozoicas que hay en el país y, atención, la rémora sindical que desangra a su vez, en lo oscurito, a la hoy ensalzada Comisión Federal de Electricidad. Sólo por concepto de transferencias del Gobierno federal, la CFE recibe cada año alrededor de 100 mil millones de pesos, mientras que sus 64 mil trabajadores son beneficiarios de un contrato colectivo que no envidiaría ninguno de los 42 mil agremiados del SME.

Lo más lamentable es que, ni aun habiéndose puesto de rodillas antes sus archienemigos, los gobiernos panistas lograron impulsar y aplicar una sola de las muchas reformas que durante décadas le prometieron a este país. Vaya, ni siquiera pudieron aplicar su indigente impuesto del 2%. Pero con su abyección y cobardía sí tendieron, en cambio, una tersa alfombra azul para el retorno triunfal del PRI, el que ya vuelve por sus fueros con todo y sus colores intactos.

sábado 17 de octubre de 2009

¡Ahí viene el coco!


Abrumados por los desmanes de sus hijos adolescentes, algunos padres de familia han debido admitir públicamente su incapacidad para controlarlos. Pero en el colmo de su desesperación, no se les ocurrió otra táctica correctiva que recurrir a la policía municipal para que sea ésta quien meta en cintura a sus muchachos. Es tanto como pretender apagar el fuego con un chorro de gasolina. Está cañón.

Corren tiempos difíciles para todas las familias ciertamente, más aún para aquellas que deben lidiar con la pubertad de alguno o varios de sus miembros. No sólo por la rebeldía típica que ataca a los jóvenes al primer asomo de vellos en sus otrora partes lozanas, sino, sobre todo, por la falta de oportunidades de ascenso social en un mundo que pondera paradójicamente el éxito económico como único factor de reconocimiento. Es decir, se exige justo lo que se niega. Una auténtica trituradora psicológica para los adolescentes que, nadie como ellos, buscan ser aceptados, aglutinarse en la misma masa que los repele. De allí que muchos de ellos ensayen un remanso pasajero en las drogas y el alcohol, paraísos efímeros de sus egos atormentados. Mientras que otros, los más avisados o aguzados, aprovechen el viaje para destruir destruyéndose a la sociedad que tan perversamente les toma el pelo.

Viviendo algunos de esos jóvenes, además, en la arrabalera delegación Insurgentes, poco o nada podría reclamárseles a sus padres por haber llegado al extremo de invocar a la policía como una suerte de coco corpóreo que habría de lograr lo imposible: meterlos temprano a la cama. Qué podría recriminárseles, en efecto, si, aparte de la miseria que los abruma, es evidente su desconocimiento del marco legal que regula las acciones policíacas. No le pidamos peros al colmo. Para eso están los altos mandos, diría cualquier estudiante de secundaria, pero no Gabriel Arellano Espinosa, el alcalde de Aguascalientes, quien, en lugar de amonestar más bien a los quejosos por pretender hacer de esta democracia una dictadura o un apartheid, hizo eco de su clamor histérico y, en consecuencia, aceptó levantar a cualquier muchacho que se sorprenda fuera de su casa después de las once de la noche en esos barrios miserables. Un acto de persecución dictatorial, tal cual.

No es broma: “Al menos en diez colonias de la ciudad existen las condiciones que justifican aplicar, no un toque de queda como tal porque no está permitido, pero sí acciones de apoyo especial a padres de familia que nos lo piden, porque no pueden meter a sus hijos al orden”, declaró el criador de pollos metido a gobernante sin añadir enseguida el imprescindible “éjele, cómo creen, si la ciudad no es otro de mis corrales”. Por el contrario, con la misma solemnidad, sólo volvió a abrir la boca para lamentar no tener las manos completamente libres para poder dar rienda suelta a sus razzias punitivas: “más tarda la policía en levantar a los vagos y malvivientes, que las madres en ir a pagar las multas y a exigir que los liberen”, declaró sin que las notas periodísticas indiquen si se ruborizó al menos al escenificar semejante papelón.

Lo más seguro es que no. Y es que, deseoso acaso de poder cerrarles el pico a sus gobernados como a sus pollos, Arellano se olvidó sin más de la ley que juró respetar al momento de asumir su cargo. Por eso, con la pena, no está de más recordarle que tampoco está permitido que el gobierno restrinja las garantías individuales en tiempos de paz y que, por lo tanto, su flamante posición de institutriz callejera es a todas luces ilegal. Si lo que quiere es apoyar a esos atribulados padres de familia, lo más que podría hacer desde su alta investidura es reforzar la presencia policíaca en las zonas conflictivas para así sorprender in fraganti a cualquier infractor y remitirlo por los canales dispuestos por la ley —una patrulla, sin madrina exprés de por medio, ojo— a las instancias sancionadoras: el Ministerio Público o un juez de paz. Nada más.

Bueno, si en lugar de Aguascalientes estuviera al frente de Estocolmo, el alcalde también podría instrumentar programas de animación cultural y de rehabilitación social en esas “diez colonias” malditas: círculos de integración juvenil a través de actividades artísticas y recreativas; grupos de apoyo a drogadictos y alcohólicos; bancos de empleo juvenil; trabajo terapéutico al interior de familias disfuncionales, por ejemplo. Pero, lo dicho: estamos en Aguascalientes, tierra de gente buena, que lo único que quiere es vivir en paz, aun cuando para ello sea necesario hacerle la guerra a los grupos más desprotegidos y vulnerables de nuestra sociedad. Amén.

sábado 3 de octubre de 2009

Ritmo Sada





La página blanca que todo escritor enfrenta, en Daniel Sada es pentagrama. Porque parece mentira su obra nunca se lee: se escucha. Habría que leerlo también con los oídos, en efecto. Y es que, al ser depositario de un sentido del ritmo y la armonía que incluso un compositor le envidiaría, el escritor Sada musicaliza ciertamente su literatura, aunque sin caer en sonsonetes ni estribillos empalagosos. He ahí su genialidad.

Acaso influido por los clásicos griegos que, a falta de otros libros, devoró en su juventud como único material disponible en su natal Sacramento, Coahuila (nació de chiripa en Mexicali, Baja California), pero determinado también, sin remedio, por la cadencia melódica que yace en su inconsciente (allá donde persiste su cantarín acento norteño), al escribir Sada dota de musicalidad las palabras, de ritmo las oraciones, de armonía su sintaxis toda, haciendo que el acto de la lectura —íntimo y silencioso por naturaleza— devenga un bailongo emocional a ritmo con la sonoridad de su narrativa. Así de divertidos llegan a ser los libros de Daniel Sada.

De allí que, como lector suyo, repela el calificativo de barroco que algunos críticos le han endilgado a su estilo. Amén de que ahuyenta a los lectores, este epíteto me remite sin paradas intermedias a una estética trasnochada, saturada de ornamentos. Nada más lejano de la literatura de Sada. Si ésta es difícil de clasificar, lo es sólo por la autenticidad que el propio autor se empeñó en alcanzar desde su primer libro, Lampa vida (Premiá Editora, 1980), y cuyo solo título anunciaba ya su determinación de rehuir a la complacencia tumultuaria para ir en busca de un estilo propio, capaz de identificarlo y diferenciarlo como escritor. Tal como lo aconsejaron en su momento sus maestros Juan Rulfo y Salvador Elizondo. Nada más.

El oficio de escribir es demasiado arduo y mal pagado como para hacer en todas esas horas solitarias lo mismo que los demás, parece decirnos Daniel Sada en cada uno de sus libros. Gracias a esta audacia creativa, la crítica literaria no ha podido ignorarlo, ni tampoco sus propios colegas, quienes han debido vencer incluso el proverbial miedo a los animales que cunde en el medio (Enrique Serna dixit genialmente) para rendirse de hinojos ante este monstruo prodigioso: Juan Villoro ha afirmado, por ejemplo, que Sada "renovó la novela mexicana con Porque parece mentira la verdad nunca se sabe", mientras que el chileno Roberto Bolaño admitió humildemente: "Daniel Sada, sin duda, está escribiendo una de las obras más ambiciosas de nuestro español, parangonable únicamente con la obra de Lezama”.

Desde luego, su originalidad narrativa tampoco ha podido pasar desapercibida para los jurados: Daniel Sada ganó el Premio Xavier Villaurrutia en 1992; el José Fuentes Mares en 1999; el Colima de Narrativa en 2006; el Herralde de Novela en 2008. Y actualmente es uno de los diez escritores traducidos al francés que han sido seleccionados para aspirar al codiciado Prix Courrier International. Todos ellos deslumbrados de cara a su exuberancia autoral, la misma que, sin embargo, a algunos críticos los ha llevado a concluir que su estilo es barroco.

No lo es, insisto, porque su escritura nunca resulta agobiante ni excesiva para el propósito de la armonía narrativa ni tampoco para la comprensión del texto. Al leerlo, debe vencerse ciertamente esa inercia apabullante que nos han infundido los bestsellers y los medios masivos de comunicación. Ésa que nos lleva a preferir un estilo narrativo uniforme y homologado, casi parvulario, por encima de todo aquel que se distinga por original.

No exento de cierto esfuerzo —sobre todo el que se requiere para aceptar que existen voces distintas, únicas en la literatura—, leer la obra de Daniel Sada tampoco carece de recompensas: la risa cómplice, el espejo desenterrado, primordialmente. Siendo lector suyo y, además, su discípulo gracias al generoso patrocinio del Centro de Investigación y Estudios Literarios de Aguascalientes, CIELA, puedo dar fe de ello. Baste este párrafo de su novela Casi nunca (Anagrama, 2008) como probadita de la suculencia narrativa que aguarda al lector-escucha de su obra:

“... veámoslo como un robot salaz, cada noche estaba poniendo la almohada contra la cama y, ¡vaya!, se bajaba sus calzones y sus pantalones y, para decirlo de modo mojigato, no siempre se movía como loco hasta dejar que sobreviniera la tira blanca o el moco estilizado... ¡Asco! Roña. Caos en la conciencia... Seguro que los pocos embarres fueron notados por Bartola al momento de lavar lo lavable usado por él: de hecho sí, y por ende la conminación del peón para —lo dicho—: nómbrese de nuevo lo de los congales casi al alcance: el desahogo pasajero, ¡ándele! Sin embargo, urge acomodar a conveniencia el disloque onanista: cierta noche Demetrio decidió ponerse la almohada encima de él. Tenía que ensayar una nueva posición simplemente para salir de lo habitual. Que si sería más efectivo el cambio. Más difíciles los movimientos, eso sí, algo de congoja exasperada que repercutió en —se antoja— y que empezara a llover: ¡milagro!: aquello fue arreciando. Excelsa tormenta insólita: uh, sí: huyó el calor a modo de planchazo, por lo que brusco, también, llegó el invierno ¿a poco nomás porque el grandullón se puso la almohada encima? Así fue: aceptémoslo. Otras causas habría, pero...”

Así de divertidos llegan a ser los libros de Daniel Sada. Y más: para asombro de los barrocos.


* Presentación a la lectura pública de Daniel Sada en el marco de la XLI Feria del Libro de Aguascalientes.