¿Te
acuerdas? Enero de 1811:
la Suprema Junta de Guerra Insurgente defenestra al
mismo cura que con el grito de «¡A coger gachupines!» inició tu alumbramiento
como patria —muy ad hoc en Dolores—. Sin
repelar, el generalísimo entrega entonces el mando a Ignacio Allende en la
hacienda de Pabellón (hoy Rincón de Romos, Aguascalientes), honrando así su
apellido.
Y,
¿cómo habría podido defenderse don Miguel, caray, si su ejército de cien mil efectivos
fue incapaz de derrotar en batalla campal a un enemigo integrado apenas por seis
mil hombres? O sea: una ventaja de diecisiete a uno, toda la cual se fue —a
causa de su impericia militar, cierto— por el inmundo caño que desaguaba debajo
del puente de Calderón, lugar de aquel decisivo enfrentamiento.
Septiembre de 2011
—no es necesario refrescar tu memoria, ¿verdad?, la sangre no es fresca pero
qué tal pegajosa—: suman más de un millón y medio las tropas oficiales que combaten
al crimen organizado. Aun minúsculo y clandestino, éste le da el quién vive (y algo más abajo) a nuestras
heroicas y montoneras fuerzas armadas.
Otra coincidencia:
en esta batalla, vuelve el nombre de Calderón, apellido ahora del comandante en
jefe que a causa de su impericia militar —peor, imposible— ha causado ya cuarenta
mil mexicanos muertos y ninguna batalla ganada.
La diferencia:
este inepto jefe militar no ha renunciado. Ni renunciará. Pues, como dijo Héctor Aguilar Camín en Morir en el Golfo: «Lo importante es seguir pegado a la rueda,
mantenerse aferrado a la rueda. ¡No soltarse, carajo, no soltarse!».
Como ves, mi México lindo y
querido, en doscientos años sólo pasamos de la hidalguía al usufructo del poder
público —el agandalle—. Por lo mismo, en lugar de feliz cumpleaños, sólo me
atrevo a desearte buena suerte. La vas a necesitar. :(
*Publicado el 11 de septiembre de 2011 en La Gualdra,
sumplemento cultural de La Jornada Zacatecas.
EE UU ya ha iniciado el proceso de su recuperación... al convertirse en AA. Ahora sólo le restan once pasos:
Convencerse de que sólo China y el FMI podrán devolverle la salud financiera.
Poner sus bonos del tesoro al cuidado del FMI.
Sin miedo, hacer un minucioso inventario de lo que le resta.
Admitir ante el mundo la naturaleza exacta de su debilidad económica.
Estar dispuesto a que el FMI y China lo libren de todos sus abusos de deuda.
Pedir humildemente que el mundo lo ayude a salir de su bancarrota.
Hacer una lista de todos los países a los que les hizo daño y estar dispuesto a repararlo.
Reparar a cuantos países sea posible por el daño causado, excepto cuando al hacerlo implique perjuicio para otros (para los texanos, por ejemplo).
Continuar haciendo su inventario y, cuando intente sobre endeudarse de nuevo, admitirlo enseguida.
Mejorar su contacto con China y los países que puedan salvarlo, no poniendo condición alguna, salvo que cumplan su voluntad y le den recursos financieros para cumplirla.
Al recuperar su salud financiera gracias a estos pasos, EE UU debe tratar de llevar este mensaje a los países europeos que viven bonanzas igualmente ficticias, y practicar estos principios en todos sus asuntos internacionales.
Sin que le temblara la mano, segura de la movida que
pensaba hacer, meció el hombro del niño. No dejó de oprimírselo hasta que la
criatura abrió los ojos. A su gesto modorro, la mujer le respondió con una
sonrisa matinal, a pesar de que la medianoche estaba más próxima que el
amanecer.
—Ven,
mi rey —le dijo, así mismo como lo llamaba su papá—. Te tengo una sorpresa.
Tan distante la luz como las
temperaturas benignas en ese enero de horror. Sobre todo para el niño, que aún
no cumplía un año de huérfano. Acaso por esto, su papá se había esmerado en
hacer de esta Navidad un remanso en su duelo: la cereza del pastel era justo
esta noche, en la que el único juguete que Melchor, Gaspar y Baltasar no iban a
regalarle era traerle de vuelta a su mamá. Ni Dios Padre.
Al ver que el niño temblaba
al salir de la cama, la mujer le puso una chalina sobre los hombros. No puede
decirse que con gesto maternal, pues era una simple novia con aspiraciones de madrastra,
pero sí con la cautela necesaria para impedir que una tos repentina echara por
la borda la lección que pensaba darle a quien, desde que había llegado a esa
casa, se había empeñado en echarla por medio de los berrinches y las ofensas
más insolentes.
—¿Ya ves? —le susurró ella a sus espaldas, junto
al barandal—. Los reyes sí existen —dijo justo cuando el padre ponía bajo el
árbol los regalos—. Y las reinas también.
El jurado del XII
Premio Internacional de Cuento Navideño, Súbito y Electrónico –en el
que participaron poco más de 50 trabajos procedentes de América Latina y
Europa—, determinó otorgar el primer lugar al cuento titulado “Primera
lección de ajedrez”, original de Carlos A. Franco.
Sin quinto, no hay malo
El cuarto tequila logró aflojar algo en él. Algo que
ni siquiera habían podido ablandar las lucecitas del árbol de Navidad. Al
rozarlo con el primer tequila, había chasqueado, así como friendo un huevo entre
las muelas. No se vale, me cae de madres que no se vale, había musitado más con
los puños que con la boca. Al segundo, había meneado la cabeza, ora como
queriendo sacudirse las lucecitas que tenía enfrente. Ni pendejo que estuviera,
si yo los vi, naiden me lo contó, maldijo. Al tercero, se había atrevido a echarle una ojeada conciliatoria al
celular, pero al cabo se había llevado mejor la mano a la cartera.
Un trago más
tarde, sin embargo, al ver que le quedaba sólo lo justo para otro-y-ya, sintió de pronto,
por primera vez en esa temporada, el espíritu navideño embargándolo de pies a cabeza. —Está bien,
compadre, para qué si no es la Navidad —le dijo por el celular al susodicho—.
Si insiste en que hablemos, estoy donde siempre —colgó. Luego, pidió el quinto tequila (y de una vez la
botella completa) que su santa claus le iba a regalar. Sin falta.
La destreza de oficio del enorme Mario Vargas Llosa me ha apabullado una vez más, ahora al leer La fiesta del Chivo. Dueño de una narrativa acuciosa, exhaustiva, total, imantó mi voluntad desde la primera página y me retuvo entre sus dedos a lo largo del día y aun de madrugada. Ni siquiera el agotamiento apartó de mí esas páginas prodigiosas. Las lágrimas fueron la catarsis, el corolario, de una prolongada angustia, de una furia contenida, de un apetito creciente de justicia que el Escribidor supo incitar magistralmente.
Curiosamente, el tirano Trujillo resulta, en los fueros íntimos de mi desprecio, un corderito frente al pendejo de Pupo Román. Ese cobarde es el gran villano de esta historia. Los tormentos a los que fue sometido en ningún momento suscitaron mi piedad. Balaguer es la gran sorpresa, una revelación tan insólita como aquella que provocó descubrir el oficio de estadista probo del Presidente Gaviria en Noticia de un secuestro.
Desde el punto de vista crítico, ciertamente ensaya con gratuidad distintas voces narradoras y pasa de la conjugación pretérita a la presente con la misma veleidad con que habla en tercera o segunda persona del singular. En esos momentos no lo asiste la honestidad, sino la vanidad. De la misma manera, me da la impresión de que quiso quedar bien, a un tiempo, con el lector y los historiadores, aspirando a lo imposible: pactar con Dios y el diablo. La abundancia de datos y nombres confunde y aburre al lector lego, mientras que las dosis ingeniosas, los aspectos imaginados, enfadan a los peritos. Por último, el retorno de Urania Cabral no logra comprenderse. Ni se venga ni perdona. Su delación en el seno familiar suscita más repulsa que empatía. En términos de la estructura, ese periplo resulta ingenioso, pero su motivo y conclusión son francamente lamentables.
Concluyo mi apología afirmando que la muerte, en talentos como Mario Vargas Llosa, es una obscenidad. Debería quedarse aquí por siempre para iluminar, con su inteligencia preclara, las horas inútiles de los mortales.
Gracias a don Mario por estas horas fascinantes. Gracias, de verdad. Sólo espero poderme reponer de la inhibición que me ha causado asistir a la lectura de una de las mejores novelas que se haya escrito jamás. Uno se queda, literal, literariamente, nulificado.
Al celebrado novelista Mario Vargas Llosa le preguntaron por qué no escribía libros para niños y esto fue lo que contestó: "Porque ese género narrativo es el más difícil de todos." Sin embargo, hay valientes que aceptan el desafío. Grato me ha sido saber que uno de ellos es mi apreciado amigo Carlos Alejandro Franco. De él ya conocía una espléndida novela titulada El cementerio de los días, que pronto se verá editada en España. Será un libro voluminoso, de más de trescientas páginas. Así es que sorprende el giro extremo que ahora le da a su quehacer literario, aventurándose por los caminos que el maestro Vargas Llosa prefiere no recorrer.
De igual manera que antes puso en mis manos los originales de su novela, Franco me da a conocer ahora los de El intrépido Capitán Miedo. Son cinco cuentos o relatos que entre todos van asumiendo algunos de los temas o actitudes que en La infancia recuperada el filósofo Fernando Savater considera sustanciales en el gusto de los lectores infantiles y juveniles. He aquí su lista: el mar, las peripecias en bosque o montaña y otros ámbitos de la vida silvestre, las respuestas de astucia que suscita el peligro, el arrojo físico, la lealtad a los amigos o al compromiso adquirido, la protección del débil, la hermandad con los animales y la inclinación por lo maravilloso.
A Franco le falta temáticamente el mar, por lo que para un próximo libro es de exigirle al menos un relato de piratas, materia que el cine en fechas recientes ha rescatado y que en el terreno de la literatura tanta falta hace. Recordad que La isla del tesoro sigue siendo hasta la fecha el paradigma del género de aventuras. Mas no adelantemos vísperas, pues primero está el cuentario que en este instante se halla delante y que en la siguiente página habrá de empezar a regalarte, de una forma amena y mediante una prosa fluida, el placer que nos da todo relato bien contado.
El atento lector advertirá, conforme vaya ganando páginas, que el autor se presenta como un reconciliador. Los personajes al principio aparecen por lo general como unos enemigos hostiles y a la postre, luego de diversas peripecias, habrán logrado encontrar el compañerismo y la amistad entrañables. Otro motivo constante en el libro es el del miedo, sentimiento de temor al que aquí se le quita su carga peyorativa. "¿No te da miedo", pregunta el chico urbano a otro de formación campirana. Éste responde con serenidad: "¡Claro que me da miedo! ¡Sólo los tontos no sienten miedo!" Al final de cada cuento, los personajes de Franco cambian para ser mejores. Eso puede ser una característica lícita del relato corto. No olvidar que las novelas ejemplares nacieron con Cervantes.
Amigo, lee con placer y gozo los cuentos que te aguardan. Y que tu ejemplo lo sigan los adultos, sean éstos tus papás, tus profesores e, incluso, las autoridades culturales que presumen de que leen mucho... pero quién sabe.
Francisco Sánchez
Carlos A. Franco. El intrépido Capitán Miedo. Ed. Instituto Cultural de Aguascalientes. México, 2010
Quienes
tenemos el privilegio de conocer en corto a Gerardo de la Torre, y mejor aún,
quienes podemos presumir de su amistad, sabemos que su oficio no es tanto la
literatura cuanto la vida. Si es un gran narrador es justo porque no deja de
asombrarse frente a todo lo que sucede en torno suyo, ya sea esplendoroso o
lamentable. Incluso reacciona emocionado frente a detalles que, por ordinarios
y rutinarios, suelen pasar inadvertidos para la mayoría de los mortales.
Pero
él no es un simple mortal evidentemente: por ejemplo, alguna vez, desde el
balcón de su mítico departamento de la Narvarte, me mostró una escena que
permanece indeleble en mi memoria, pero que sin su observación perspicaz difícilmente
la habría descubierto: en medio de una muchedumbre que buscaba guarecerse de
una lluvia torrencial, me señaló de pronto a un trío de adolescentes que, a
diferencia de los demás peatones, se dejaba empapar con feliz desparpajo en
medio de la avenida. “Eso es lo que yo haría si tuviera su edad”, dijo no sin
cierta melancolía.
Por
ello no es gratuito que a sus setenta y dos años Gerardo posea una vitalidad
que, para poder explicarla, sería necesario suponer pactos diabólicos, ritos
ocultos o pócimas secretas. Nada de eso, la fuente de su eterna insenescencia
no es otra que ese oficio de vivir que lo lleva a maravillarse aun de lo
ordinario. Y hasta del horror.
Dotado
de un talento magistral para convertir en palabras los sucesos que desfilan
frente a sus ojos inquietos, siempre atentos, el maestro De la Torre no sólo ha
logrado conquistar para sí un sitio tan distinguido como inconfundible en la
literatura mexicana, sino que ha hecho de la palabra viva —la conversación— un
arte del que gozamos especialmente sus amigos y alumnos. Es un verdadero
deleite escucharlo, casi tanto como el que nos causa leerlo. Y es que siendo
repelente a todo lugar común, ajeno por rigor a la vulgaridad y la simpleza, su
genio no deja de explorar nuevos rumbos, parajes ignotos, formas inéditas de,
por y para la palabra.
De
allí que sólo a él se le haya ocurrido visualizar una estampa deslumbrante, tan
improbable en la vida real, sin embargo, como lo sería una Quinta Avenida llena
de vendedores ambulantes y perros callejeros: Nieve sobre Oaxaca, la novela con que ganó el Premio Nacional de
Novela Breve Rosario Castellanos 2009, revela en su solo título la infatigable
obsesión de este escritor por hallar formas e imágenes capaces de revelar los
intersticios más ocultos y las aristas menos evidentes de la realidad, para así
asombrarnos aun de cara a lo que creemos conocer de memoria.
“Oaxaca
es una ciudad maravillosa, sólo le falta la nieve”, suele decir el protagonista
de esta novela, el profesor jubilado Alfonso Pacheco. Para luego es tarde,
habría concluido Gerardo de la Torre, y por medio de su prosa fluida y
convincente, le cumplió ese milagro a su ciudad natal. Con todo, no es un
arrebato caprichoso ni un desplante surrealista. La nieve que cubre a la ciudad
de Oaxaca en esta espléndida novela policiaca, se antoja incluso necesaria a la
luz del homenaje que a lo largo de sus ciento cinco páginas De la Torre le
rinde a su colega, el escritor sueco Henning Mankell: “La nieve y el hielo y el
cielo borrascoso que colmaban las narraciones del autor sueco serían
bienvenidos en el caliente verano oaxaqueño, así como sus elaboradas historias
eran bien recibidas en cualquier estación”, le guiña afectuoso, y ya de plano
agradecido con este maestro escandinavo de la novela negra, Gerardo le hace
decir a su protagonista: “Sin Henning Mankell es imposible vivir.”
En lo personal, y aun a riesgo de cometer un sacrilegio frente a la
veneración que Gerardo de la Torre le rinde a su colega sueco y en general a
todos los grandes maestros del género, me parecen dignas de agradecerse la
brevedad y la concisión con que nuestro autor aborda el caso que su
protagonista se ha propuesto resolver aquí. Muy distintas, por cierto, a las
eternas deliberaciones y los rodeos fatigosos con que el Kurt Wallander de
Mankell resuelve sus propios casos. Hasta un padecimiento intestinal de su
mascota Jussi puede tomarle todo un capítulo antes de animarse a proseguir el
caso que investiga.
Sin embargo, no creo que haya mayor discrepancia entre ambos en este
sentido, pues el propio Gerardo nos regala una regla de oro para el género, inscrita
en el corazón de este hermoso libro: “La
buena novela policiaca no admite extravíos o distracciones, va directo a su
objetivo, su materia primordial es la indagación”, asegura su protagonista
y en otro momento su buena madera literaria también se hace palpable al
regalarnos esta otra joya del oficio de escribir: “…pienso que la excesiva búsqueda
acaba perjudicando el sentido de la novela, su razón de ser. A Tolstoi y
Dostoyevski no les hizo falta tanta acrobacia.”
Tampoco
a Gerardo de la Torre. Pues no por breve y conciso, su relato carece de fondo y
espesura. El lector atento de esta novela podrá palpar la carne y los huesos de
todos sus personajes, especialmente de su protagonista, Alfonso Pacheco, el
entrañable profesor que, no por estar jubilado, deja de buscar en sus días una
razón que le permita remontar su soledad y su viudez, acaso para espantar a la
muerte. Y, sí: por esa ruta llega a reavivar su curiosidad, ésa que es imprescindible
para resolver cualquier caso. Pero también así concibe en su corazón la osadía
de volver a enamorarse, milagro mayor al que una mañana se le presenta al
contemplar desde su balcón la nieve sobre Oaxaca.
* Texto leído por este autor en la presentación de la novela Nieve
sobre Oaxaca en la Feria del Libro y la
Lectura de Zacatecas, 12 de agosto de 2010.
¿A ustedes les gustaría que
sus hijos sean monaguillos?
“¿A ustedes les gustaría que los adopten maricones o lesbianas?”, retó
a los reporteros Juan Sandoval Íñiguez, arzobispo de Guadalajara, esto al criticar
en conferencia de prensa la validación de la Suprema Corte sobre el derecho de las
parejas del mismo sexo para adoptar niños. “Es una cosa antimesiánica (sic) que busca destruir a la familia”,
declaró el bocaza católico de visita en Aguascalientes (acaso porque aquí se siente
entre iguales), y lo dijo sin ruborizarse al menos, ni siquiera por la
evidencia de que los niños estarán mejor en cualquier lado antes que a la sombra de esa Iglesia que,
pruebas a la vista, habría sido el Neverland soñado de Michael Jackson. (Con información de Notimex y AFP, 15 de agosto de 2010)
El
cavernal Sandoval cree que todos son de su pedernal
"No dudo que los ministros estén muy maiceados por el jefe de Gobierno
capitalino, Marcelo Ebrard, y por organismos internacionales”, prosiguió el
cardenal Sandoval Íñiguez con su andanada lenguaraz, por el mismo motivo, en
contra de la Suprema Corte. Y como prueba de este grave señalamiento ofreció
únicamente, qué más, su lógica pedestre:
“Yo creo que los jueces no llegan a esas conclusiones tan absurdas que van en
contra del sentimiento del pueblo de México si no es por motivos muy grandes. Y
el motivo muy grande puede ser el dinero que les dan". Viéndolo bien, siendo
tan amigo del inefable Onésimo Cepeda, qué otra cosa podría pensar. (Con información de Notimex y AFP,
15 de agosto de 2010)
Los abogados del diablo Sandoval
“Si los
ministros van contra el interés superior de los niños con el argumento falaz de
que son muchos los infantes que esperan ser adoptados y que no hay parejas
heterosexuales, pediremos a los senadores que instauren un procedimiento de
juicio político en contra de los ministros de la Suprema Corte”, advirtió el presidente
del Colegio de Abogados Católicos de México, Armando Martínez Gómez, asegurando
bravucón que buscarán “legisladores con pantalones” que se atrevan a enjuiciar
políticamente a los ministros. Viéndolo bien, mientras esos juzgadores no lleven
sotanas, el interés superior de los niños
puede estar tranquilo. (Con información
de Notimex, 15 de agosto de 2010)
Sermón
tapatío desde el pulpito
“A la permisibilidad (sic) moral
que caracteriza los tiempos que estamos viviendo se añade ahora la permisibilidad
(sic) legal; estamos caminando a una
sociedad más tolerante pero también se está provocando lo que algunos llaman la
involución moral”, sostuvo la Arquidiócesis de Guadalajara en un comunicado
donde condena la legalidad de los matrimonios entre personas del mismo sexo, ya
que, según su consideración, así “se convierte (sic) a las leyes civiles como (sic)
reglas de vida erróneas”. Viéndolo bien, si son incapaces de respetar las
reglas ortográficas, poco o nada pueden entender de las reglas de la vida. (Con información de Notimex, 15 de agosto de 2010)
Gracias
a Dios el PAN es comunista
"Dios nos libre de un partido fascista como el PRD, que pretende
gobernar al país pero es incapaz de tolerar una opinión diferente”, aseguró (sin
morderse la mengua) Hugo Valdemar, el vocero del Arzobispado de México. De esta
manera —más desafortunada, imposible— se sumó a la condena de su Iglesia contra
la resolución de la Suprema Corte a favor del matrimonio entre personas del
mismo sexo. Desde luego, no desaprovechó la oportunidad para intentar vengarse
del partido que gobierna al Distrito Federal y, en consecuencia, arengó a su
feligresía con la baladronada de que "a un católico no le es moralmente
lícito dar su voto por un partido que está destruyendo a la familia”. Viéndolo
bien, si el vocero más connotado de la Iglesia católica es incapaz de
distinguir las dos ideologías antagónicas del siglo veinte, el PRD y los
ministros de la Suprema Corte no tienen nada que temer, salvo, claro, el
fastidio de tolerar la proverbial ignorancia (o fanatismo, es igual) de los
verdaderos fascistas que conspiran contra México. (Con información del semanario oficial de la Arquidiócesis de México Desde
la fe, 12 de agosto de 2010)
José
María de la Torquemada Martín
El obispo de Aguascalientes reconoció que él fue quien le ordenó al
alcalde priísta de Encarnación de Díaz, Jalisco, Raúl Fermín Gutiérrez, que
destruyera el mural Evolución del factor
femenino, pintado en el auditorio municipal de esa localidad, y cuyo
clero depende de la diócesis de Aguascalientes. El propio obispo José María de
la Torre Martín explicó que su soberano acto de censura se basó en que son
“unas pinturas obscenas y sacrílegas que no honraban a un pueblo creyente que
se precia de sus valores familiares”. Y ya de plano engallado, se mofó del
autor de los murales al decir que “si el pintor Francisco Pérez tiene ganas de
pintar sus cosas, que las pinte en la sala de su casa, a ver quién se las
compra”. (Con información de La
Jornada, 10 de agosto de 2010)
Estaríamos
mejor con Alfredo Reyes El Mosco
“Hubo un error, más que nada jerárquico, en cuanto a lo administrativo sobre la
toma de decisiones en cuanto a lo que se llevó a cabo”, cantinfleó el alcalde
de Encarnación de Díaz, Jalisco, Raúl Fermín Gutiérrez, al intentar explicar la
vergonzosa subordinación de su gobierno al obispo trasnochado y con
aspiraciones inquisitoriales que le ordenó destruir el mural Evolución del factor femenino. Peor
aún, el pelele diocesano amagó con tomar represalias contra quienes autorizaron
ese mural al asegurar que “ya se tienen dos líneas de investigación en las que
se está trabajando para dar con los responsables”. Viéndolo bien, a su sombra
resplandece diamantino ahora el tristemente célebre ex alcalde de
Aguascalientes, Alfredo Mosco Reyes,
quien en su mandato (1996-1998) censuró una exposición del fotógrafo Carlos
Llamas Orenday sólo porque allí había algunos desnudos, o sea, como Dios trajo
al mundo a los modelos ahí retratados. Pero mientras al yunquista lo exculpará
de su estulticia la obtusa cruz de su parroquia, al priísta ni Dios Juárez
podrá perdonarlo. (Con información de La
Jornada, 10 de agosto de 2010)
¡Ahí
viene la Coco!
Internos del Centro de Readaptación Social de El Llano (en llamas,
ahora sí, con el perdón de Juan Rulfo) denunciaron ser víctimas de actos de
tortura en los que participa la directora del penal, María del Socorro Gaspar
Rivera. En la denuncia respectiva, presentada ante la Comisión Estatal de
Derechos Humanos de Aguascalientes, se detalla que la directora "enfundada
en un disfraz negro y con pasamontañas, con un aparato que emite descargas
eléctricas, acompañada de algunos custodios, suele recorrer las celdas de los
internos entre las tres y cinco de la mañana para elegir a algunos reos al azar
y torturarlos". Viéndolo bien, a esta inusitada dominatrix hidrocálida —La
Coco— sólo le falta llevar al extremo su sadismo negándole el castigo al
masoquista que se lo implore. ¡Qué mala!, o, ¿qué buena es ella? (Con información de El Universal, 9 de agosto de 2010)
De
gorrión
Con el único afán de no
identificarme con las prácticas sádicas de nuestra entrañable dominatrix hidrocálida,
la temible (o adorable) Coco, evito prolongarles el suplicio a mis lectores
menos avisados en cuestiones gramaticales, y procedo, en consecuencia, a
explicarles los sic del apartado Sermón tapatío desde el pulpito. En principio, si esta última palabra
va allá en cursivas y aquí en simple molde es porque evidentemente debe ser púlpito, proscenio dispuesto en las
iglesias católicas para adoctrinar a sus feligreses. Tal es la diferencia que
hace un simple acento en nuestro idioma.
Ahora bien, el neologismo permisibilidad,
recién inventado por la grandilocuencia de quienes se creen además superiores moralmente,
es una gratuidad de pésimo gusto, ya que, gracias a Dios, en el español
contamos para tal caso con la bella palabra permisividad,
de la cual yo he abusado particularmente en mis artículos para denotar la manga
ancha con que moralmente se trata en México a delincuentes como Diego Fernández
de Cevallos a la hora en que Dios, siempre sabio y puntual, cobra sus cuentas. Los
blandengues que llegan a sentir pena por la tragedia de canallas como ese
panista clásico, pecan justo de permisividad, o sea, de una tolerancia excesiva
frente a sus canalladas (principal razón por la cual México siempre fiel es el imperio de la
impunidad, dicho o escrito sea de paso).
Finalmente, me parece que ni Elba Esther Godzilla, la iletrada lideresa de los maestros, habría caído en los
últimos dos sic de esa nota suscrita
por “los iluminados” tapatíos. Hasta me da pena aclararlos, pero en fin, que
Dios se apiade más bien de los curas que escribieron tal aberración gramatical,
sobre todo cuando hasta pasan a creer que el Espíritu Santo les da el don de
lenguas: las leyes civiles, en tanto plural que ellas son, se convierten mas no se convierte. Y si algo se convierte (o
algunas cosas se convierten) lo hace o hacen siempre en algo no en como. Es
decir, esa última frase debiera ser: “así se convierten a las leyes civiles en
reglas de vida erróneas”.
Todo lo anterior reafirma la aseveración esgrimida allí, en el sentido
de que si esos curas son incapaces de respetar las reglas ortográficas, poco o
nada pueden entender de las reglas de la vida. Amén.