Gracias a un documental producido por la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA) y el Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMYC), la Independencia Nacional no ha de conmemorarse este annus horribilis sólo con banderitas tricolores y gritos desgañitados. Gracias a Dios también, cómo no, si en esta época de estulticia televisiva y desmemoria institucional cualquier destello de inteligencia en los medios audiovisuales resulta ciertamente milagroso.
Éste es el caso: con base en un estudio del Dr. Luciano Ramírez Hurtado, investigador del Departamento de Historia de la UAA, el documental de marras nos revela el dato insospechado de que Miguel Hidalgo y Costilla no sólo estuvo en Aguascalientes durante la Guerra de Independencia, sino que su estancia aquí representó uno de los momentos más aciagos de su breve carrera militar. Y es que entonces fue destituido del mando de “generalísimo” por órdenes de Ignacio Allende. No por medio de un chapucero golpe de Estado —se aclara allí—, sino como una medida estratégica a la vista del desastroso desempeño que el cura de Dolores había observado al comandar las fuerzas insurgentes en la batalla del puente de Calderón, a las afueras de Guadalajara.
Al ser enterado de tan grave decisión, en una hacienda del actual municipio de Rincón de Romos, Miguel Hidalgo, lejos de defenderse con alegatos oportunistas, le hizo honra a su apellido y acató sin más la decisión de la Junta de Guerra Insurgente, seguramente avergonzado de esa ominosa derrota. De hecho, había llegado a Aguascalientes huyendo del inexpugnable Félix María Calleja, general del ejército virreinal, quien por lo mismo fue condecorado con el mamuco título nobiliario de “conde de Calderón” (lo mamila proviene del “conde”, aclaro). Una vez degradado, Miguel Hidalgo salió de Rincón de Romos y prosiguió su huida hacia el norte, hasta Chihuahua, donde finalmente sería apresado y decapitado.
Casi doscientos años después, la hidalguía del Padre de la Patria seguro sólo ha de mover a la risa a los herederos de su sacrificio: la cínica clase política que nos conduce ahora. Ahí está, por ejemplo, el secretario de Hacienda, Agustín Carstens, quien luego de haber cometido el equívoco de diagnosticar de “catarrito” a la actual crisis, sigue bañándose en salud frente al moribundo en que se ha convertido su paciente. “No renuncio de ninguna manera”, declara sinvergüenza.
Igual que el director del IMSS, Daniel Karam, quien sólo ha venido defendiendo su hueso de cara al medio centenar de féretros que causó en Hermosillo el negocio panista de las estancias infantiles; así como el gobernador de Sonora, Eduardo Bours, quien llega al término de su administración “durmiendo como un bebé”, sin el menor remordimiento por su criminal tráfico de influencias. Y ni qué decir de la versallesca Suprema Corte de Justicia de la Nación, que decidió irse de vacaciones antes que atender la demanda de justicia de los deudos de esas inocentes incineradas por la voracidad neoliberal en curso.
Pero ahí también está la cúpula panista que, de cara al penúltimo yerro de Felipe Calderón —el nombramiento de Arturo Chávez Chávez como procurador general de la República—, en lugar de sonrojarse, defiende al mismo hombre que abominan las organizaciones civiles de todo el mundo por el carpetazo con que en su calidad de procurador estatal acabó de enterrar a las muertas (y los muertos) de Ciudad Juárez.
¿Y el góber precioso? Como Johnnie Walker: tan campante allá en Puebla. ¿Y Ulises Ruiz? Bien, gracias, sin hacer olas en Oaxaca. ¿Y René Bejarano? Ni quién se acuerde ya en Iztapalapa de sus ligas. ¿Y la argüendera de Rosario Robles? Engañando bobos en su calidad de comentarista política. Todo, el ridículo incluso, antes que aceptar la batalla perdida.
Frente a esta desfachatez, no está de más ver el documental sobre el Museo de la Insurgencia producido por la UAA, el PACMYC. Y Dios. Nomás para hallar una sola razón para vitorear este 16 de septiembre, al recordar que en este país hubo una época en que los líderes eran capaces de rendir cuentas y asumir las consecuencias de sus actos. Como Miguel Hidalgo lo hizo con hidalguía admirable en la hacienda de Pabellón, Rincón de Romos, Aguascalientes.
Este documental está disponible en la siguiente dirección:
http://www.aguascalientes.gob.mx/Aguascalientes2010/1910/multimedia.html
La obediencia de Miguel Hidalgo a la decisión de la Junta de Guerra se debió a que regía ahí una disciplina castrense, jerarquía muy distinta a la del entramado gubernamental con que se la compara. Lo cierto es que a cualquiera de los gobernantes panistas, priístas y perredistas que menciona se los hubiera pasado por las armas en esa época. Con toda razón, por lo demás.
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