Con la misma pasión con que un gourmet exige aceite de oliva “extra virgen” en sus pulpos a la gallega y un cafetero no tolera que el exquisito amargor de su bebida sea contaminado con azúcar, Francisco Sánchez, cinéfilo de cepa pura, ha entablado a lo largo de su vida una lucha denodada en defensa de su derecho a ver cine “como Dios manda”. Esto es, sin intermedios ni retitulaciones mercachifles y oportunistas.
Quizá a los jóvenes asistentes a las modernas salas de Cinépolis y Cinemex les parezca increíble que hubo una época en que la película en turno era partida a la mitad con el marchantero fin de que los espectadores pasaran a la dulcería para avituallarse con toda clase de porquerías. Pero así fue y tal profanación se encubrió durante décadas con el eufemismo de intermedio (para quien todavía lo dude, lo invito a ver La pasión según Berenice, del hidrotermopolitano Jaime Humberto Hermosillo, en donde en una escena se puede constatar tal intermedio ominoso, y la cual fue filmada en el demolido Cine Encanto de la Avenida Madero de Aguascalientes).
Pero mientras casi todos los asistentes obedecían sumisos el letrero que cercenaba entonces a la película, invitando al respetable a que se gastara sus pesos restantes en la dulcería, Francisco Sánchez se encabronaba en su butaca al obviar la falta de respeto que esa intromisión constituía, más bien, tanto para el espectador como para el autor. Era como si el mesero le quitara al gourmet su platillo o al cafetero su taza para pedirle a cada cual que pasara a la barra de postres y así el dueño pudiera tener una ganancia mayor. Obvio, casi nadie lo veía así. Había quienes, incluso, se iban felices al mingitorio a descargar la vejiga o a saludar a la parentela, justo como lo hace Rodrigo Robles (Pedro Armendáriz Jr.) en la película de marras. Pero ya se sabe que la lucidez es un recurso tan raro y escaso como los milagros.
Aprovechando su calidad de crítico cinematográfico, Francisco Sánchez no se quedó nomás con el puro berrinche (cómo, siendo hombre bien bragado y de enjundia norteña) y en consecuencia emprendió desde su trinchera periodística una batalla en contra de esa aberración mercantil. Hoy, cada vez que voy al cine y puedo chutarme la película de un solo aliento, sin falta le cuelgo a San Francisco de Lamadrid ese milagrito. Y creo que todos deberíamos hacerlo.
Sobre su combate igualmente heroico contra la manía de los distribuidores de no traducir fielmente el nombre de las películas extranjeras, él mismo lo comenta en la entrevista que le acaba de hacer Fernando Macotela a propósito de la publicación de su último libro, y la cual se reproduce al final de este artículo, mera introducción a las palabras del maestro Francisco Sánchez.
Al respecto (la infecta retitulación) baste comentar que él es quizá el único cinéfilo que ha reparado y combatido de tiempo completo la corrupción que para una obra cinematográfica le comprende su cambio arbitrario de nombre. A los ejemplos que él cita más adelante, yo me permito reproducir ahora el que él balconea como el colmo de esa aberración en su último libro Amor al cine (Juan Pablos, 2009): “Full Metal Jacket (Stanley Kubrick, EE UU, 1987), llamada en México Cara de guerra y en España, muy puñeteramente, La chaqueta metálica, nombre horrible si es que los hay pues “jacket”, en este caso, quiere decir “casquillo” (p. 225). Combatir los intermedios y luchar para que se traduzcan fielmente las películas, son sólo algunas de las contribuciones de Francisco Sánchez a nuestro derecho a ver cine “como Dios manda”. Esto es amor al cine.
Antes de cederle la palabra a Fernando Macotela y Francisco Sánchez, no quiero dejar de comentar que el autor de guiones tan encomiables como Amor libre (Jaime Humberto Hermosillo, 1979), Pueblo de Madera (Juan Antonio de la Riva, 1990), La tregua (Alfonso Rosas Priego Jr., 2003) y El Tigre de Santa Julia (Alejandro Gamboa, 2002) ha escrito asimismo una de las páginas más tristes de la literatura cinematográfica, la 245 de Amor al cine que es, de verdad, el último de sus libros, como él mismo lo advera: “El libro que hace una página acaba de terminar pone punto final a mi labor como escritor sobre cine...” termina diciendo al tiempo que uno concluye que si la enfermedad se ciñe sobre seres tan generosos y lúcidos, en plenitud cabal de sus facultades mentales, es porque Dios no tiene madre. Qué más.
A continuación la entrevista que el maestro Fernando Macotela le hizo a Francisco Sánchez a propósito de la publicación de Amor al cine:
FM: Primero, díganos si hay algún elemento que diferencie éste, su último libro, Amor al cine, de los anteriores.
FS: No realmente. De una manera por demás obvia, Amor al cine conserva unidad de tono, estilo y propósito con mis dos libros inmediatos anteriores: Cinefilia es locura y El cine nuevo del nuevo siglo. Se trata de una trilogía en la que, mediante una prosa libre y desparpajada, me ocupo tanto del cine de hoy, del que se alimentan los jóvenes espectadores, como del que llamo cine de siempre, o sea del que nos nutrimos los, digamos, adultos mayores, y cine en fin del que sobreviven airosamente no pocos clásicos.
FM: Normalmente ¿cómo estructura usted una reseña o crítica de una película?
FS: He dejado atrás la crítica y la reseña. He optado por el ensayo. Incluso las notas breves son como esbozos de ensayo. Dejo fluir libremente la prosa sin atenerme a ninguna fórmula previamente establecida. Nada de canon, norma o regla. Nada de camisas de fuerza. Las películas me sirven de pretexto para explayarme en todo lo que me rodea: las señas de identidad de mi generación, los libros que amo tanto, la música que escuchamos, las pinturas que vemos, la relación con un grupo de amigos ciertamente entrañables, también un poco ¿por qué no?, de política y hasta de la guerra de sexos. En resumen, el cine nos lleva —y valga la redundancia— a la vida que día a día vamos viviendo. En broma, mis amigos me dicen que, por intentar escribir crónicas de cine, me salen novelas de costumbres. Así, la estructura en mis escritos vendría a radicar en el hecho de que en ellos no hay estructura ninguna. He ahí el secreto.
FM: ¿Encuentra usted alguna diferencia entre los cinéfilos actuales y los cinéfilos de cuando usted se convirtió en uno o cuando empezó a escribir crítica de cine? Si la hay ¿en qué consiste?
FS: Los cinéfilos de hoy son jóvenes y bellos y los cinéfilos de ayer somos viejos y feos. Esa es la gran diferencia y todo lo demás puede arreglarse. Nosotros tenemos pasado (es decir, Cantando en la lluvia, Casablanca o Los cuatrocientos golpes) y ellos tienen futuro (o sea las formidables películas que con toda seguridad habrán de venir). A veces nos enoja que no sepan quien fue, por ejemplo, Samuel Fuller, pero ya tendrán el tiempo suficiente para llenar su morral de conocimientos y de filmes para ellos inolvidables. Luego se harán viejos e inevitablemente reñirán con los jóvenes que les habrán seguido los pasos. Y el ciclo se repetirá.
FM: Ud. ya ha publicado unas "instrucciones para ir al cine", pero ¿qué recomendación le haría ahora al público en general para cuando asiste al cine?
FS: Relax es lo que suelo recomendar. Que al entrar en la sala de proyección dejen atrás los problemas de la vida diaria y se entreguen a las imágenes y a la trama que se desplegarán ante sus ojos. No critiquen, no rechacen nada. Sean felices. Acéptenlo todo. Supermán vuela y los fantasmas existen. Ya después, al salir a la calle terminada la función, analicen y critiquen entonces sí todo lo visto en pantalla. Y háganlo pedazos si a esa conclusión finalmente llegan.
FM: ¿Qué opina de los cambios de títulos que se hacen a las películas -fundamentalmente a las extranjeras- y por qué cree usted que se hacen estos cambios?
FS: He escrito ampliamente sobre ello en mi libro Cinefilia es locura. Esa bárbara costumbre me parece ignominiosa. Atenta contra la inteligencia y afecta los derechos de autor. Unos ejemplos: Vagas estrellas de la Osa Mayor, una obra maestra de Visconti, fue exhibida aquí como Atavismo impúdico; The Happy Ending, que como todos saben quiere decir El final feliz, se estrenó en nuestras sala como El amargo fin, y cierro con la obra cumbre: la primera cinta de los Beatles, La noche de un día difícil, se estrenó aquí, en el cine Internacional, con el siguiente título: ¡Yeah, yeah, yeah, Paul, John, George y Ringo!. ¡Y que retiemble en sus centros la tierra!
FM: ¿Qué le parece el sistema de exhibición cinematográfica actual?
FS: Clasista y mercenario.
FM: ¿Qué le parecería que, por algún medio, se recuperaran los cines de segunda corrida, o sea aquéllos que antes se encargaban de exhibir las películas de estreno DESPUÉS de que habían dejado las salas originales y en los que muchas veces había programas dobles y más baratos? ¿Llenan la Cineteca y la UNAM un poco esa función?
FS: Me temo que al pasado no se puede retornar jamás. La Cineteca y la UNAM realizan una valiosa actividad en pro del buen cine. Sin embargo, no creo que sea suficiente. La Internet es el futuro. Y a través de esa red internacional el cine sobrevivirá
martes, 1 de septiembre de 2009
Francisco Sánchez: memoria de una mirada
Con la misma pasión con que un gourmet exige aceite de oliva “extra virgen” en sus pulpos a la gallega y un cafetero no tolera que el exquisito amargor de su bebida sea contaminado con azúcar, Francisco Sánchez, cinéfilo de cepa pura, ha entablado a lo largo de su vida una lucha denodada en defensa de su derecho a ver cine “como Dios manda”. Esto es, sin intermedios ni retitulaciones mercachifles y oportunistas.
Quizá a los jóvenes asistentes a las modernas salas de Cinépolis y Cinemex les parezca increíble que hubo una época en que la película en turno era partida a la mitad con el marchantero fin de que los espectadores pasaran a la dulcería para avituallarse con toda clase de porquerías. Pero así fue y tal profanación se encubrió durante décadas con el eufemismo de intermedio (para quien todavía lo dude, lo invito a ver La pasión según Berenice, del hidrotermopolitano Jaime Humberto Hermosillo, en donde en una escena se puede constatar tal intermedio ominoso, y la cual fue filmada en el demolido Cine Encanto de la Avenida Madero de Aguascalientes).
Pero mientras casi todos los asistentes obedecían sumisos el letrero que cercenaba entonces a la película, invitando al respetable a que se gastara sus pesos restantes en la dulcería, Francisco Sánchez se encabronaba en su butaca al obviar la falta de respeto que esa intromisión constituía, más bien, tanto para el espectador como para el autor. Era como si el mesero le quitara al gourmet su platillo o al cafetero su taza para pedirle a cada cual que pasara a la barra de postres y así el dueño pudiera tener una ganancia mayor. Obvio, casi nadie lo veía así. Había quienes, incluso, se iban felices al mingitorio a descargar la vejiga o a saludar a la parentela, justo como lo hace Rodrigo Robles (Pedro Armendáriz Jr.) en la película de marras. Pero ya se sabe que la lucidez es un recurso tan raro y escaso como los milagros.
Aprovechando su calidad de crítico cinematográfico, Francisco Sánchez no se quedó nomás con el puro berrinche (cómo, siendo hombre bien bragado y de enjundia norteña) y en consecuencia emprendió desde su trinchera periodística una batalla en contra de esa aberración mercantil. Hoy, cada vez que voy al cine y puedo chutarme la película de un solo aliento, sin falta le cuelgo a San Francisco de Lamadrid ese milagrito. Y creo que todos deberíamos hacerlo.
Sobre su combate igualmente heroico contra la manía de los distribuidores de no traducir fielmente el nombre de las películas extranjeras, él mismo lo comenta en la entrevista que le acaba de hacer Fernando Macotela a propósito de la publicación de su último libro, y la cual se reproduce al final de este artículo, mera introducción a las palabras del maestro Francisco Sánchez.
Al respecto (la infecta retitulación) baste comentar que él es quizá el único cinéfilo que ha reparado y combatido de tiempo completo la corrupción que para una obra cinematográfica le comprende su cambio arbitrario de nombre. A los ejemplos que él cita más adelante, yo me permito reproducir ahora el que él balconea como el colmo de esa aberración en su último libro Amor al cine (Juan Pablos, 2009): “Full Metal Jacket (Stanley Kubrick, EE UU, 1987), llamada en México Cara de guerra y en España, muy puñeteramente, La chaqueta metálica, nombre horrible si es que los hay pues “jacket”, en este caso, quiere decir “casquillo” (p. 225). Combatir los intermedios y luchar para que se traduzcan fielmente las películas, son sólo algunas de las contribuciones de Francisco Sánchez a nuestro derecho a ver cine “como Dios manda”. Esto es amor al cine.
Antes de cederle la palabra a Fernando Macotela y Francisco Sánchez, no quiero dejar de comentar que el autor de guiones tan encomiables como Amor libre (Jaime Humberto Hermosillo, 1979), Pueblo de Madera (Juan Antonio de la Riva, 1990), La tregua (Alfonso Rosas Priego Jr., 2003) y El Tigre de Santa Julia (Alejandro Gamboa, 2002) ha escrito asimismo una de las páginas más tristes de la literatura cinematográfica, la 245 de Amor al cine que es, de verdad, el último de sus libros, como él mismo lo advera: “El libro que hace una página acaba de terminar pone punto final a mi labor como escritor sobre cine...” termina diciendo al tiempo que uno concluye que si la enfermedad se ciñe sobre seres tan generosos y lúcidos, en plenitud cabal de sus facultades mentales, es porque Dios no tiene madre. Qué más.
A continuación la entrevista que el maestro Fernando Macotela le hizo a Francisco Sánchez a propósito de la publicación de Amor al cine:
FM: Primero, díganos si hay algún elemento que diferencie éste, su último libro, Amor al cine, de los anteriores.
FS: No realmente. De una manera por demás obvia, Amor al cine conserva unidad de tono, estilo y propósito con mis dos libros inmediatos anteriores: Cinefilia es locura y El cine nuevo del nuevo siglo. Se trata de una trilogía en la que, mediante una prosa libre y desparpajada, me ocupo tanto del cine de hoy, del que se alimentan los jóvenes espectadores, como del que llamo cine de siempre, o sea del que nos nutrimos los, digamos, adultos mayores, y cine en fin del que sobreviven airosamente no pocos clásicos.
FM: Normalmente ¿cómo estructura usted una reseña o crítica de una película?
FS: He dejado atrás la crítica y la reseña. He optado por el ensayo. Incluso las notas breves son como esbozos de ensayo. Dejo fluir libremente la prosa sin atenerme a ninguna fórmula previamente establecida. Nada de canon, norma o regla. Nada de camisas de fuerza. Las películas me sirven de pretexto para explayarme en todo lo que me rodea: las señas de identidad de mi generación, los libros que amo tanto, la música que escuchamos, las pinturas que vemos, la relación con un grupo de amigos ciertamente entrañables, también un poco ¿por qué no?, de política y hasta de la guerra de sexos. En resumen, el cine nos lleva —y valga la redundancia— a la vida que día a día vamos viviendo. En broma, mis amigos me dicen que, por intentar escribir crónicas de cine, me salen novelas de costumbres. Así, la estructura en mis escritos vendría a radicar en el hecho de que en ellos no hay estructura ninguna. He ahí el secreto.
FM: ¿Encuentra usted alguna diferencia entre los cinéfilos actuales y los cinéfilos de cuando usted se convirtió en uno o cuando empezó a escribir crítica de cine? Si la hay ¿en qué consiste?
FS: Los cinéfilos de hoy son jóvenes y bellos y los cinéfilos de ayer somos viejos y feos. Esa es la gran diferencia y todo lo demás puede arreglarse. Nosotros tenemos pasado (es decir, Cantando en la lluvia, Casablanca o Los cuatrocientos golpes) y ellos tienen futuro (o sea las formidables películas que con toda seguridad habrán de venir). A veces nos enoja que no sepan quien fue, por ejemplo, Samuel Fuller, pero ya tendrán el tiempo suficiente para llenar su morral de conocimientos y de filmes para ellos inolvidables. Luego se harán viejos e inevitablemente reñirán con los jóvenes que les habrán seguido los pasos. Y el ciclo se repetirá.
FM: Ud. ya ha publicado unas "instrucciones para ir al cine", pero ¿qué recomendación le haría ahora al público en general para cuando asiste al cine?
FS: Relax es lo que suelo recomendar. Que al entrar en la sala de proyección dejen atrás los problemas de la vida diaria y se entreguen a las imágenes y a la trama que se desplegarán ante sus ojos. No critiquen, no rechacen nada. Sean felices. Acéptenlo todo. Supermán vuela y los fantasmas existen. Ya después, al salir a la calle terminada la función, analicen y critiquen entonces sí todo lo visto en pantalla. Y háganlo pedazos si a esa conclusión finalmente llegan.
FM: ¿Qué opina de los cambios de títulos que se hacen a las películas -fundamentalmente a las extranjeras- y por qué cree usted que se hacen estos cambios?
FS: He escrito ampliamente sobre ello en mi libro Cinefilia es locura. Esa bárbara costumbre me parece ignominiosa. Atenta contra la inteligencia y afecta los derechos de autor. Unos ejemplos: Vagas estrellas de la Osa Mayor, una obra maestra de Visconti, fue exhibida aquí como Atavismo impúdico; The Happy Ending, que como todos saben quiere decir El final feliz, se estrenó en nuestras sala como El amargo fin, y cierro con la obra cumbre: la primera cinta de los Beatles, La noche de un día difícil, se estrenó aquí, en el cine Internacional, con el siguiente título: ¡Yeah, yeah, yeah, Paul, John, George y Ringo!. ¡Y que retiemble en sus centros la tierra!
FM: ¿Qué le parece el sistema de exhibición cinematográfica actual?
FS: Clasista y mercenario.
FM: ¿Qué le parecería que, por algún medio, se recuperaran los cines de segunda corrida, o sea aquéllos que antes se encargaban de exhibir las películas de estreno DESPUÉS de que habían dejado las salas originales y en los que muchas veces había programas dobles y más baratos? ¿Llenan la Cineteca y la UNAM un poco esa función?
FS: Me temo que al pasado no se puede retornar jamás. La Cineteca y la UNAM realizan una valiosa actividad en pro del buen cine. Sin embargo, no creo que sea suficiente. La Internet es el futuro. Y a través de esa red internacional el cine sobrevivirá
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