En su reciente visita a Brasil, el timonel Felipe Calderón dio un bandazo vergonzoso al anunciar la puesta en marcha de un plan “muy severo de austeridad”. Vergonzoso, sí, porque es el mismo capitán que, al estallar la crisis mundial en septiembre de 2008, ofreció justo lo contrario: ejercer una agresiva política de gasto público para compensar el desplome del mercado mundial.
Para mayor vergüenza, se desdijo a la sombra de su anfitrión, Luiz Inacio Lula da Silva, el presidente brasileño que en el transcurso de la crisis sí ha honrado su decisión de proteger el mercado interno y, en consecuencia, ha venido usando sus reservas internacionales para crear infraestructura, financiar la producción, alentar el consumo y subsidiar el ingreso de los más pobres, es decir, para implementar la política económica agresiva que en México fue sólo otra buena intención, un adoquín más en el camino al infierno en que ya desembocamos con una desastrosa contracción de 10% del Producto Interno Bruto.
En ese mismo lapso, la economía brasileña no sólo evitó contraerse sino que registró un insólito 0.9% positivo, cifra efectivamente asombrosa si se considera el entorno recesivo de este horribilis 2009. Pero es que mientras el gobierno de Lula da Silva sí ha cumplido puntualmente su compromiso de activar la economía con recursos públicos, el gobierno de Calderón no ha hecho sino dilapidar el abultado saldo de la bonanza petrolera en el despropósito de (intentar) satisfacer la voracidad de los especuladores: de los 96 mil millones de dólares que el banco central tenía al inicio de la crisis, ya nomás le quedan 72 mil millones. Y el saldo sigue decreciendo semana a semana, sin que uno solo de esos dólares haya ido a parar aún a la cacareada refinería que, supuestamente, habrá de ser la grúa que saque a la economía mexicana de la recesión.
El mismo limbo en que desembocó el Acuerdo Nacional en Favor de la Economía Familiar y el Empleo que apenas en enero de este año lanzó Felipe Calderón con bombo y platillo. ¿Dónde quedaron sus propósitos de reactivación con cargo a las ociosas reservas internacionales? Quizá la respuesta la tenga alguno de los 687,768 mexicanos que han perdido su empleo desde que estalló la crisis hipotecaria en Estados Unidos.
Mientras tanto, el gobierno de Lula da Silva, sin tanta alharaca ni fatuidad, implementó el programa Bolsa Familia, el cual consiste en proporcionar ayuda financiera a los brasileños más pobres. Gracias a este programa, casi trece millones de familias (un cuarto de la población del país) reciben el equivalente al 0.4% del PIB en subsidio directo para ayudarlos a sortear la difícil situación económica.
Posiblemente alguien pretenda explicar estas diferencias abismales a partir de la orientación ideológica de cada uno de estos presidentes: ciertamente Luiz Inacio Lula da Silva es de origen obrero y sindicalista de toda la vida, más atento y sensible, por lo tanto, a las necesidades sociales; mientras que Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, siendo abogado de profesión y militante del priísimo empanizado, es más afecto a los intereses de la elite que lo eligió e impuso mediáticamente.
Tal apreciación es engañosa del todo pues deja de lado el hecho de que el empresariado brasileño ha sido el más beneficiado con la política económica de un presidente que, por muy izquierdoso que sea, ha sabido protegerle sus mercados, mientras que los pobres ricos mexicanos sólo han venido sumando pérdidas con todo y el gerente que tienen a su servicio en Los Pinos.
No, la diferencia sólo puede residir en el compromiso con que cada cual asume el cargo que se le ha confiado. Hay quienes tienen vergüenza y otros que aun desdiciéndose sonríen y cantan fanfarrones que “con dinero y sin dinero” hacen siempre lo que quieren... He ahí la diferencia.
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