Hace unos días, mientras le daba el primer sorbo a mi indispensable café matutino, me enteré de que Gerardo de la Torre acababa de ganar el Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 2009. Por poco arruino mi computadora con el chorrito humeante que estuve así de derramar sobre el teclado. Repuesto de la impresión, seguí leyendo para saber ahora que el premio se le otorgaba por unanimidad a través del Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas, por su novela Nieve sobre Oaxaca.
“¡Qué trancazo!”, exclamé mientras, con una sonrisa tan bienaventurada como la que seguro luciría en ese momento el galardonado, le escribí a éste para felicitarlo por el contundente knock-out con que acababa de fulminar la canija duda que justo un mes antes me confiara a bordo del taxi en que ambos atravesábamos la colonia cuyo nombre destila la venganza más cruel de los mexicanos contra la emblemática petulancia de los argentinos: la Buenos Aires. Ahí, atorados en un clásico congestionamiento defeño y flanqueados por fachadas descarapeladas, tendajos enmohecidos y ladronzuelos dispuestos a quitarle la batería a cualquier auto sin abrirle el cofre, reparé en que Gerardo llevaba un manuscrito bajo el brazo: Nieve sobre Oaxaca, precisamente. Sin embargo, lejos de ver ese brillo de satisfacción casi orgásmica que luce todo escritor a la vista de su obra concluida, pude advertir en su gesto una sombra de preocupación. De escepticismo, más bien, según me confió él mismo:
—Todavía no sé si presentarla a concurso —dudó mirando con desprecio el entorno.
—¿No crees que tenga posibilidades? —pregunté extrañado, cómo no, estando más que certificada la calidad de su narrativa con novelas tan entrañables como Ensayo general, Morderán el polvo y Muertes de Aurora (“La mejor novela sobre el 68”, José Woldenberg dixit).
—Lo que en este país ya no tiene chance es la neta, secuestrado como está por mafias que han hecho botín hasta de los premios literarios —sentenció amargo y me pareció que con el consecuente mutis deletreaba el final de su espléndida novela Muertes de Aurora: “Tantos países que hay en el mundo y nos tocó nacer en el más mierda”.
Su desencanto era comprensible: recién descendía del cuadrilátero mediático en el que había pretendido combatir —bien bragado, con las manos limpias— los turbios manejos financieros de Teodoro Villegas y Jaime Augusto Shelley al frente de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Aun enarbolando los pelos pardos de la burra que señalaba, el grupúsculo enquistado en esa institución académica respondió a su denuncia frontal con el lodo al que suelen recurrir los mafiosos para defender sus cuotas de poder. Tras bambalinas, por ejemplo, un doméstico Bernardo Ruiz (sólo en su casa lo conocen) hizo circular un e-mail soez, cobarde, para denostar al guerrero que los retaba al descubierto. "(Gerardo de la Torre) debería ser coherente con aquello de que va a escribir, y de que ya está viejo y no ponerse a querer causar compasión porque durante un mes lo han atacado y criticado por... por ser cómplice de el (sic) grupo de miserables que como Lorena Salazar se esconden (sic) en la debilidad de sus argumentos". (Si ésta es la clase de razonamientos que esgrimen los escritores, con todo y doble sic gramatical, uno no puede más que temblar al imaginar los argumentos que han de desenfundar, por ejemplo, los ingenieros mecánicos".
Acaso por tener este antecedente en carne viva, Gerardo resguardaba su manuscrito bajo el brazo y se olvidaba de paso de que él ya había ganado un par de premios literarios en este país tan intrincadamente sospechoso: en 1988, el Premio de Novela Pemex 50 años de la Expropiación, por Hijos del Águila, y en 1992, el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero, por Los muchachos locos de aquel verano. Tampoco parecía prestarle demasiada importancia al hecho de que Vicente Leñero recién lo había retratado con pinceladas casi míticas en su Gente así, libro cuya libérrima fusión de ficción y realidad pareciera basarse en las reflexiones que un protagonista de La cordillera (el primer cuento del libro) plantea al recordar los consejos de su maestro de la Escuela de Escritores de la SOGEM, el mismísimo Gerardo de la Torre: “Cuando se parte de una realidad se vuelve más sencillo el trabajo porque se reducen las exigencias de la imaginación y se despierta la fantasía gracias al imperativo de ir desarrollando, por aquí o por allá, cada personaje, cada trama, cada nueva historia imprevista...”.
Después de comer un par de tortas de jamón serrano en el Covadonga —nuestro destino— y de restituir con un cuarteto de tequilas el ánimo que el tránsito nos había venido diezmando, Gerardo posó finalmente su mano sobre su manuscrito, así como quien se apresta a jurar sobre la biblia.
—¿Sabes qué? —comenzó diciendo...
El brillo de sus ojos anunciaba la irremisible aceptación de su naturaleza guerrera: la de los imprescindibles de Bertolt Brecht.
—Sí le voy a entrar al concurso, cómo de que no, nomás pa’ no quedarme con la canija duda toda la vida —concluyó montándose al ring otra vez.
Un mes después, para salud de la literatura, beneplácito de sus amigos y berrinche de sus detractores, la historia lo absolvería felizmente, mientras que yo, espectador privilegiado de ese descontón impecable, habría de probar el café más delicioso de este verano canicular.
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