Por lo visto, ya es costumbre que cada 19 de septiembre se conmemore, junto con las acciones heroicas emprendidas por la sociedad capitalina durante los sismos de 1985, la chiripa de que Jacobo Zabludovsky haya sido el primer periodista en reportar “en vivo y en directo” la magnitud devastadora de ese sismo. Valiente mérito cuando en esa época no había celulares, y ni siquiera teléfonos regulares esa mañana. Sólo unos cuantos privilegiados contaban con teléfono en su automóvil. Jacobo era uno de ellos y, así, gracias a esta eventualidad, logró dar la nota que hoy pretende constituirse en mérito suficiente para erigirlo en prócer de la comunicación y enterrar de paso, cómo no, los abusos que, por obra u omisión, voluntaria o sumisamente, perpetró en contra del desarrollo democrático nacional durante su ominoso paso por los noticieros de Televisa.
Tan fue anómala esa hazaña informativa que, apenas un año después, en 1986, sacó a relucir de nuevo su verdadera naturaleza mendaz al defender a ultranza —con manipulación y omisión de datos, como acostumbraba en su calidad de director de Noticias de Televisa— el fraude electoral que llevó a la gubernatura de Chihuahua al priísta Fernando Baeza Meléndez, en perjuicio del panista Francisco Barrio Terrazas. Fiel a la consigna partidista de su patrón Emilio Azcárraga Milmo (“En Televisa todos somos soldados del Presidente”), Jacobo Zabludovsky hizo desaparecer en su noticiero estelar 24 Horas el descontento que privaba en ese estado fronterizo, al borde de la desobediencia civil, a resultas precisamente de ese tosco fraude electoral.
Pero a medida que insistía en falsear la realidad, el repudio crecía tanto a nivel estatal como nacional: los obispos chihuahuenses amenazaban con suspender los cultos mientras que la sociedad local bloqueaba los cruces fronterizos. Más allá, en todo el país pululaban las calcomanías que rezaban “No veas 24 Horas” y “No compres los productos que se anuncian en 24 Horas”. El presidente Miguel de la Madrid, viendo el flaco favor que le hacía su tropa mediática, ordenó que el soldado Zabludovsky saliera del aire a la de ya. Para ocultar su defenestración, se dijo conmiserativamente que atendería los negocios del señor Azcárraga en Estados Unidos.
Un año después, apaciguado el caso Chihuahua, y a la vista del desastroso rating que el coloquial Guillermo Ochoa alcanzaba con su noticiero nocturno Nuestro Mundo, se autorizó el retorno de Jacobo Zabludovsky a su trinchera mediática de toda la vida. No fue sólo una concesión mercantil ni tampoco un mero gesto piadoso: el sistema necesitaba de su emblemática capacidad manipuladora otra vez, ahora para reventar el insospechado frente que acababa de abrirse en contra de la Presidencia de la República: la Corriente Democrática que en 1987 fundaron Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez al interior del PRI, y cuya mecha prendía por doquier amenazando al sistema en su conjunto.
La abyección del soldado Zabludovsky llegó entonces al grado de hacer entrevistas apócrifas, como la que fingió con un supuesto hijo bastardo de Lázaro Cárdenas, todo en el ánimo de calumniar y desprestigiar al hijo legítimo del general. Pero ni con ésta y otras tretas mediáticas logró contener el surgimiento del neocardenismo en todo el territorio nacional. Un año después, ya constituido el Frente Democrático Nacional (FDN) y electo Cuauhtémoc Cárdenas como candidato presidencial, y viendo que su triunfo en las urnas era tan previsible como aterrador, Jacobo Zabludovsky arreció la ofensiva en contra del FDN. Lo hizo con la misma táctica con que dos años antes había estado a punto de incendiar Chihuahua: desapareciendo de su noticiero todo un movimiento social, sin importar que éste se contara por millones en las calles y las plazas de todo el país.
Fue tanto como apedrear la colmena. Una vez perpetrado el fraude electoral en favor de Carlos Salinas de Gortari, no hubo marcha en defensa del voto popular que no pasara por el reconstruido edificio de Televisa. Allí, en Chapultepec 18, los contingentes enardecidos exigían siempre lo mismo: que Jacobo dijera la verdad. Demanda imposible de atender ciertamente por quien no era más que un soldado en el cumplimiento de su deber desinformativo. De allí que Molotov compusiera años después la censurada melodía Que no te haga bobo Jacobo.
Hoy, a once años de haber salido definitivamente de Televisa, el infatigable periodista octogenario está a punto de salirse con la suya. Incluso, les ruega humildemente a los taxistas que le llamen por teléfono (“yo siempre contesto”, acota), olvidadizo de que en su calidad de conductor plenipotenciario de Televisa llamaba “callejeros” a los vendedores ambulantes, cerrando filas así con los comerciantes potentados de la ciudad de México.
Él está en su derecho de rectificar, e incluso de erigir el cenotafio que en su honor levanta cada tarde en su noticiero radiofónico De Una a Tres, el mismo donde este 21 y 22 de septiembre retransmite machacón su ínclita crónica de hace veinticuatro años. Pero, igualmente, quienes sostenemos que la impunidad moral es tan perniciosa como la judicial, estamos en nuestro derecho de hacer este atento recordatorio, al menos para impedir que luego se diga que, por desmemoriados o permisivos, nos hicieron bobos.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Para que no te haga bobo Jacobo
Por lo visto, ya es costumbre que cada 19 de septiembre se conmemore, junto con las acciones heroicas emprendidas por la sociedad capitalina durante los sismos de 1985, la chiripa de que Jacobo Zabludovsky haya sido el primer periodista en reportar “en vivo y en directo” la magnitud devastadora de ese sismo. Valiente mérito cuando en esa época no había celulares, y ni siquiera teléfonos regulares esa mañana. Sólo unos cuantos privilegiados contaban con teléfono en su automóvil. Jacobo era uno de ellos y, así, gracias a esta eventualidad, logró dar la nota que hoy pretende constituirse en mérito suficiente para erigirlo en prócer de la comunicación y enterrar de paso, cómo no, los abusos que, por obra u omisión, voluntaria o sumisamente, perpetró en contra del desarrollo democrático nacional durante su ominoso paso por los noticieros de Televisa.
Tan fue anómala esa hazaña informativa que, apenas un año después, en 1986, sacó a relucir de nuevo su verdadera naturaleza mendaz al defender a ultranza —con manipulación y omisión de datos, como acostumbraba en su calidad de director de Noticias de Televisa— el fraude electoral que llevó a la gubernatura de Chihuahua al priísta Fernando Baeza Meléndez, en perjuicio del panista Francisco Barrio Terrazas. Fiel a la consigna partidista de su patrón Emilio Azcárraga Milmo (“En Televisa todos somos soldados del Presidente”), Jacobo Zabludovsky hizo desaparecer en su noticiero estelar 24 Horas el descontento que privaba en ese estado fronterizo, al borde de la desobediencia civil, a resultas precisamente de ese tosco fraude electoral.
Pero a medida que insistía en falsear la realidad, el repudio crecía tanto a nivel estatal como nacional: los obispos chihuahuenses amenazaban con suspender los cultos mientras que la sociedad local bloqueaba los cruces fronterizos. Más allá, en todo el país pululaban las calcomanías que rezaban “No veas 24 Horas” y “No compres los productos que se anuncian en 24 Horas”. El presidente Miguel de la Madrid, viendo el flaco favor que le hacía su tropa mediática, ordenó que el soldado Zabludovsky saliera del aire a la de ya. Para ocultar su defenestración, se dijo conmiserativamente que atendería los negocios del señor Azcárraga en Estados Unidos.
Un año después, apaciguado el caso Chihuahua, y a la vista del desastroso rating que el coloquial Guillermo Ochoa alcanzaba con su noticiero nocturno Nuestro Mundo, se autorizó el retorno de Jacobo Zabludovsky a su trinchera mediática de toda la vida. No fue sólo una concesión mercantil ni tampoco un mero gesto piadoso: el sistema necesitaba de su emblemática capacidad manipuladora otra vez, ahora para reventar el insospechado frente que acababa de abrirse en contra de la Presidencia de la República: la Corriente Democrática que en 1987 fundaron Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez al interior del PRI, y cuya mecha prendía por doquier amenazando al sistema en su conjunto.
La abyección del soldado Zabludovsky llegó entonces al grado de hacer entrevistas apócrifas, como la que fingió con un supuesto hijo bastardo de Lázaro Cárdenas, todo en el ánimo de calumniar y desprestigiar al hijo legítimo del general. Pero ni con ésta y otras tretas mediáticas logró contener el surgimiento del neocardenismo en todo el territorio nacional. Un año después, ya constituido el Frente Democrático Nacional (FDN) y electo Cuauhtémoc Cárdenas como candidato presidencial, y viendo que su triunfo en las urnas era tan previsible como aterrador, Jacobo Zabludovsky arreció la ofensiva en contra del FDN. Lo hizo con la misma táctica con que dos años antes había estado a punto de incendiar Chihuahua: desapareciendo de su noticiero todo un movimiento social, sin importar que éste se contara por millones en las calles y las plazas de todo el país.
Fue tanto como apedrear la colmena. Una vez perpetrado el fraude electoral en favor de Carlos Salinas de Gortari, no hubo marcha en defensa del voto popular que no pasara por el reconstruido edificio de Televisa. Allí, en Chapultepec 18, los contingentes enardecidos exigían siempre lo mismo: que Jacobo dijera la verdad. Demanda imposible de atender ciertamente por quien no era más que un soldado en el cumplimiento de su deber desinformativo. De allí que Molotov compusiera años después la censurada melodía Que no te haga bobo Jacobo.
Hoy, a once años de haber salido definitivamente de Televisa, el infatigable periodista octogenario está a punto de salirse con la suya. Incluso, les ruega humildemente a los taxistas que le llamen por teléfono (“yo siempre contesto”, acota), olvidadizo de que en su calidad de conductor plenipotenciario de Televisa llamaba “callejeros” a los vendedores ambulantes, cerrando filas así con los comerciantes potentados de la ciudad de México.
Él está en su derecho de rectificar, e incluso de erigir el cenotafio que en su honor levanta cada tarde en su noticiero radiofónico De Una a Tres, el mismo donde este 21 y 22 de septiembre retransmite machacón su ínclita crónica de hace veinticuatro años. Pero, igualmente, quienes sostenemos que la impunidad moral es tan perniciosa como la judicial, estamos en nuestro derecho de hacer este atento recordatorio, al menos para impedir que luego se diga que, por desmemoriados o permisivos, nos hicieron bobos.
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