Acostumbrados a la retórica cantinflesca y engañabobos de los políticos locales, muchos mexicanos se habrán tallado los ojos y destapado los oídos al ver y oír al primer ministro de Canadá aclarar en pleno territorio massiosare —en Guadalajara, al término de la V Cumbre de Líderes de América del Norte— la razón por la cual su gobierno decidió visar nuestros pasaportes: “por el abuso que muchos mexicanos han venido cometiendo en contra del generoso sistema de refugio de Canadá”, espetó.
Así, de frente y sin tapujos, Stephen Harper les respondió a quienes habían venido cuestionando con visos de recriminación esta medida consular de evidente carácter defensivo; los mismos que, en el colmo del chauvinismo —siempre ridículo—, llegaron a exigir una política espejo, es decir, que la cancillería mexicana les impusiera visa a los más de un millón trescientos mil turistas canadienses que gastan sus revaluados dólares cada año en el país con menor crecimiento económico de América Latina: México. ¡Sí, cómo no!
Para mayor asombro, y en contra de los usos y las costumbres de la elusiva politiquería local, Harper defendió la soberanía de su país de cara a su anfitrión, Felipe Calderón, el presidente de esos abusadores. A diferencia suya, el aludido no enarboló más allí el patrioterismo rascuache con que en la víspera había intentado desagraviar la honra nacional con el placebo de visar a los (dos o tres) diplomáticos canadienses que vienen acá cada semestre (¿se la habrán exigido a Harper para empezar?). Por el contrario, en plena conferencia de prensa, Calderón pareció más bien pedir refugio a su contraparte canadiense al salir con la engañifa de que trabajaría con ellos “para evitar que en lo sucesivo se sigan cometiendo estos abusos en contra del generoso sistema de refugio de Canadá”.
Engañifa, sí, porque el gobierno mexicano bien sabe —o debería saber a través de su taciturna embajada en Ottawa— que la mentira es la manera en que se ha venido concretando el mentado abuso de los solicitantes mexicanos de refugio en Canadá. Y al ser la mendacidad un asunto de índole estrictamente moral, es imposible erradicarla por simple decreto presidencial. Así las cosas, a no ser por gracia de una revolución cultural marca Mao o una reforma moral como la que recientemente nos prescribiera el mismísimo Benedicto XVI, no hay otra forma de que México pueda cooperar con Ottawa para impedir que los mexicanos sigan abusando del sistema de refugio de Canadá.
Lo demás son salivajos o simple atole con el dedo, ese recurso de sobrevivencia tan acusado por la clase política mexicana y que tan acuciosamente acaba de documentar Sara Sefchovich en su demoledor libro País de mentiras. Allí, esta infatigable investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM nos revela (con datos, ojo) que la sobrevivencia de los políticos mexicanos se basa en, por y para la mentira. (¿Alguien en su sano juicio lo dudaría después de haber visto a Felipe Calderón pasarse en un tris de la indignación chauvinista al reclamo canadiense en plena conferencia de prensa tapatía?).
Pero —y esto es lo más grave— a fuerza de asistir a esa representación mendaz, sexenio tras sexenio, la propia sociedad mexicana ha acabado por aprender las tretas que se le enseñan. Para muestra nos basta la vergüenza de que solamente en 2008, diez mil connacionales solicitaron asilo en Canadá, y de éstos, nueve mil fueron rechazados y deportados, o sea, descubiertos en flagrante mentira. Y es verdad.
Lo asevero con total conocimiento de causa: no sólo porque fui solicitante de refugio ante la Comisión de Inmigración y Refugio de Canadá (CIRC, por sus siglas en inglés), sino porque esa alta comisión me concedió, tras varias audiencias, la calidad de refugiado de la Convención de Ginebra. Y durante ese prolongado periodo de deliberación judicial me enteré —aquí está el detalle, diría Cantinflas— de que el mayor obstáculo para obtener el fallo en mi favor era, precisamente, la mala fama que mis connacionales se habían hecho en ese sistema humanitario. Por mentirosos, qué más.
Años después, cuando ya era legalmente residente canadiense, tuve la oportunidad de trabajar como traductor e intérprete en un prestigioso despacho legal de Vancouver, en el cual se atendían precisamente casos de refugio. Fue allí cuando palpé, con toda su inmundicia, la descarada mendacidad de los abusadores del sistema de refugio canadiense a que hiciera referencia Stephen Harper en Guadalajara.
Y sí: del emblemático país de los machos nos llegaban inverosímiles policías ateridos por haber levantado una simple infracción; sanchos descubiertos por maridos dizque energúmenos y hasta homicidas; religiosos amenazados por pueblos fanáticos del dios contrario; mujeres asediadas por hímenes tan codiciados como improbables; abuelos rulfianos acorralados por proles fantasmagóricas. Y también homosexuales, lesbianas, travestis, prestidigitadores, brujos, testigos de ovnis y un largo y rico etcétera para cualquier novelista. Toda esta vacilada, sin embargo, le representa al erario canadiense un costo de veinticinco mil dólares por solicitante, según datos de la CIRC.
A fuerza de mentir desde arriba y abajo, a lo largo y ancho del territorio nacional, casi como deporte nacional, ya se nos levantan muros en la frontera norte y se nos imponen visas en las inmediaciones del Polo Norte. ¿No es tiempo ya de reconocer, admitir, que la mentira, como el crimen, no paga? ¿Cuántos cántaros más habremos de romper antes de convencernos de que aun el barro más duro se quiebra a fuerza de salivazos?
Que no conteste un político mexicano, por favor.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada