
La página blanca que todo escritor enfrenta, en Daniel Sada es pentagrama. Porque parece mentira su obra nunca se lee: se escucha. Habría que leerlo también con los oídos, en efecto. Y es que, al ser depositario de un sentido del ritmo y la armonía que incluso un compositor le envidiaría, el escritor Sada musicaliza ciertamente su literatura, aunque sin caer en sonsonetes ni estribillos empalagosos. He ahí su genialidad.
Acaso influido por los clásicos griegos que, a falta de otros libros, devoró en su juventud como único material disponible en su natal Sacramento, Coahuila (nació de chiripa en Mexicali, Baja California), pero determinado también, sin remedio, por la cadencia melódica que yace en su inconsciente (allá donde persiste su cantarín acento norteño), al escribir Sada dota de musicalidad las palabras, de ritmo las oraciones, de armonía su sintaxis toda, haciendo que el acto de la lectura —íntimo y silencioso por naturaleza— devenga un bailongo emocional a ritmo con la sonoridad de su narrativa. Así de divertidos llegan a ser los libros de Daniel Sada.
De allí que, como lector suyo, repela el calificativo de barroco que algunos críticos le han endilgado a su estilo. Amén de que ahuyenta a los lectores, este epíteto me remite sin paradas intermedias a una estética trasnochada, saturada de ornamentos. Nada más lejano de la literatura de Sada. Si ésta es difícil de clasificar, lo es sólo por la autenticidad que el propio autor se empeñó en alcanzar desde su primer libro, Lampa vida (Premiá Editora, 1980), y cuyo solo título anunciaba ya su determinación de rehuir a la complacencia tumultuaria para ir en busca de un estilo propio, capaz de identificarlo y diferenciarlo como escritor. Tal como lo aconsejaron en su momento sus maestros Juan Rulfo y Salvador Elizondo. Nada más.
El oficio de escribir es demasiado arduo y mal pagado como para hacer en todas esas horas solitarias lo mismo que los demás, parece decirnos Daniel Sada en cada uno de sus libros. Gracias a esta audacia creativa, la crítica literaria no ha podido ignorarlo, ni tampoco sus propios colegas, quienes han debido vencer incluso el proverbial miedo a los animales que cunde en el medio (Enrique Serna dixit genialmente) para rendirse de hinojos ante este monstruo prodigioso: Juan Villoro ha afirmado, por ejemplo, que Sada "renovó la novela mexicana con Porque parece mentira la verdad nunca se sabe", mientras que el chileno Roberto Bolaño admitió humildemente: "Daniel Sada, sin duda, está escribiendo una de las obras más ambiciosas de nuestro español, parangonable únicamente con la obra de Lezama”.
Desde luego, su originalidad narrativa tampoco ha podido pasar desapercibida para los jurados: Daniel Sada ganó el Premio Xavier Villaurrutia en 1992; el José Fuentes Mares en 1999; el Colima de Narrativa en 2006; el Herralde de Novela en 2008. Y actualmente es uno de los diez escritores traducidos al francés que han sido seleccionados para aspirar al codiciado Prix Courrier International. Todos ellos deslumbrados de cara a su exuberancia autoral, la misma que, sin embargo, a algunos críticos los ha llevado a concluir que su estilo es barroco.
No lo es, insisto, porque su escritura nunca resulta agobiante ni excesiva para el propósito de la armonía narrativa ni tampoco para la comprensión del texto. Al leerlo, debe vencerse ciertamente esa inercia apabullante que nos han infundido los bestsellers y los medios masivos de comunicación. Ésa que nos lleva a preferir un estilo narrativo uniforme y homologado, casi parvulario, por encima de todo aquel que se distinga por original.
No exento de cierto esfuerzo —sobre todo el que se requiere para aceptar que existen voces distintas, únicas en la literatura—, leer la obra de Daniel Sada tampoco carece de recompensas: la risa cómplice, el espejo desenterrado, primordialmente. Siendo lector suyo y, además, su discípulo gracias al generoso patrocinio del Centro de Investigación y Estudios Literarios de Aguascalientes, CIELA, puedo dar fe de ello. Baste este párrafo de su novela Casi nunca (Anagrama, 2008) como probadita de la suculencia narrativa que aguarda al lector-escucha de su obra:
“... veámoslo como un robot salaz, cada noche estaba poniendo la almohada contra la cama y, ¡vaya!, se bajaba sus calzones y sus pantalones y, para decirlo de modo mojigato, no siempre se movía como loco hasta dejar que sobreviniera la tira blanca o el moco estilizado... ¡Asco! Roña. Caos en la conciencia... Seguro que los pocos embarres fueron notados por Bartola al momento de lavar lo lavable usado por él: de hecho sí, y por ende la conminación del peón para —lo dicho—: nómbrese de nuevo lo de los congales casi al alcance: el desahogo pasajero, ¡ándele! Sin embargo, urge acomodar a conveniencia el disloque onanista: cierta noche Demetrio decidió ponerse la almohada encima de él. Tenía que ensayar una nueva posición simplemente para salir de lo habitual. Que si sería más efectivo el cambio. Más difíciles los movimientos, eso sí, algo de congoja exasperada que repercutió en —se antoja— y que empezara a llover: ¡milagro!: aquello fue arreciando. Excelsa tormenta insólita: uh, sí: huyó el calor a modo de planchazo, por lo que brusco, también, llegó el invierno ¿a poco nomás porque el grandullón se puso la almohada encima? Así fue: aceptémoslo. Otras causas habría, pero...”
Así de divertidos llegan a ser los libros de Daniel Sada. Y más: para asombro de los barrocos.
* Presentación a la lectura pública de Daniel Sada en el marco de la XLI Feria del Libro de Aguascalientes.
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