miércoles 11 de noviembre de 2009

No votar es un placer, genial, sensual




En la víspera de las pasadas elecciones, cuando la opinión pública se debatía entre el derecho-deber de votar y la anulación del voto, yo sólo bostezaba acojinado en mi decisión de no volver a elegir a quien, sin falta, habría de darme en la madre en cuanto llegara a su curul, escaño o trono (federal, estatal o municipal).

Ni siquiera me quitó el sueño esa dizque novedosa fórmula híbrida (anular el voto), aparentemente emparentada con la mía (no votar), pues, como me dijo un votante cumplido de toda la vida, mi amigo Francisco Sánchez: “Si tu desencanto con el sistema político es tal que te impide ya validarlo con tu voto, está bien; pero ir a votar para no votar, es una pendejada”.

Además, no me faltaron dedos de frente para advertir en la desusada promoción de la anulación del voto un ajuste de cuentas por parte de los medios electrónicos contra la flamante ley que los obligaba a transmitir propaganda electoral sin recibir a cambio, por primera vez, un solo peso de los cientos de millones que solían facturar por este concepto en cada elección.

Así las cosas, preferí otra vez desoír los susurros de la dominatrix en turno: el candidato o la candidata que sólo busca a sus clientes cuando va tras el hueso y, una vez asegurado éste, lo convierte en una suerte de macana con la que golpea sádicamente a quienes lo contratan. Y es que, a falta de mecanismos legales que promuevan y permitan la participación y la fiscalización ciudadanas más allá de las urnas, los candidatos victoriosos sólo deben (y pueden) responder a los mandatos de sus respectivos institutos políticos, aun cuando éstos, en su afán malabarista o trepador, les ordenen atentar contra los intereses de sus propios electores.   

De allí que los flamantes diputados no se hayan tocado el corazón para autorizar la cascada de impuestos y aumentos con que convirtieron a la Ley de Ingresos 2010 en la más reciente sesión sadomasoquista del sistema político mexicano de cara a sus electores. Todo con tal de garantizar sus dietas, emolumentos, bonos, canonjías y un largo y obsceno etcétera en un país con más de 50 millones de pobres.

Pero, incluso en su papel de dominatrices, los congresistas mexicanos han resultado, por blandengues, un fraude. Así fue cuando decidieron aminorar el castigo a los fumadores prorrateando el aumento de dos pesos a la cajetilla de cigarros en los próximos cinco años (ni siquiera Chava Flores le escatimó a la sufrida Bartola esos dos pesos, caray).

A pesar de ser un fumador activo, esta concesión me parece tan demagógica como ridícula, acaso porque viví en Canadá varios años, y allá, como en Estados Unidos, el precio de cada cajetilla rebasa los diez dólares (135 pesos mexicanos), y más del 80% de este dinero se va directo al fisco. No bien así, nadie se atreve en esos países a implorar piedad para quienes se suicidan a bocanadas y atentan al mismo tiempo contra la salud pública. Ni siquiera los fumadores.

Tan resultó una estafa esta resolución, que incluso un fumador empedernido, el senador Pablo Gómez, les reclamó a los panistas su emblemática tibieza: “Yo lamento mucho que en la bancada del gobierno haya varios rajones, que habiendo votado este asunto la madrugada del sábado pasado (aumentar dos pesos por cajetilla de golpe), vengan ahora arrepentidos. Quién sabe con quién hablaron y qué les dijeron. A la mejor, que en Nayarit no van a tener trabajo los campesinos, lo cual es otra falsedad, porque la cuota de producción nacional de tabaco la imponen dos monopolios internacionales que compran el tabaco donde les da la gana, y lo mandan a cultivar por contrato, y donde es más barato ahí lo compran”.

¿Con quién hablaron esos rajones? ¿Con dos o tres ejecutivos de las tabacaleras trasnacionales? En tal caso, ¿el cabildeo de esos fulanos pudo ser más eficaz que el sufragio de millones de mexicanos? ¿Habrían sido capaces esos diputados recién electos de darle en la torre a quienes los eligieron en las urnas? Y, entonces, ¿dónde queda la Constitución que ordena que esos diputados deben servir sólo al pueblo que los elige?

Mientras alguien pide las sales o se toma la molestia de averiguarlo, yo mejor enciendo un cigarro casi regalado gracias a la blandenguería de las mazmorras de San Lázaro y Xicoténcatl. Y exhalo ahora una bocanada de niebla deliciosamente aromatizada para cantar al lado de la única dominatrix por la que desde hace muchos años yo sí voto y seguiré votando, Sarita Montiel: Fumar es un placer, genial, sensual...

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