En
la víspera de las pasadas elecciones, cuando la opinión pública se debatía
entre el derecho-deber de votar y la anulación del voto, yo sólo bostezaba
acojinado en mi decisión de no volver a elegir a quien, sin falta, habría de darme
en la madre en cuanto llegara a su curul, escaño o trono (federal, estatal o
municipal).
Ni
siquiera me quitó el sueño esa dizque novedosa fórmula híbrida (anular el
voto), aparentemente emparentada con la mía (no votar), pues, como me dijo un
votante cumplido de toda la vida, mi amigo Francisco Sánchez: “Si tu desencanto
con el sistema político es tal que te impide ya validarlo con tu voto, está
bien; pero ir a votar para no votar, es una pendejada”.
Además,
no me faltaron dedos de frente para advertir en la desusada promoción de la
anulación del voto un ajuste de cuentas por parte de los medios electrónicos
contra la flamante ley que los obligaba a transmitir propaganda electoral sin
recibir a cambio, por primera vez, un solo peso de los cientos de millones que
solían facturar por este concepto en cada elección.
Así
las cosas, preferí otra vez desoír los susurros de la dominatrix en turno: el candidato o la candidata que sólo busca a sus
clientes cuando va tras el hueso y, una vez asegurado éste, lo convierte en una
suerte de macana con la que golpea sádicamente a quienes lo contratan. Y es
que, a falta de mecanismos legales que promuevan y permitan la participación y
la fiscalización ciudadanas más allá de las urnas, los candidatos victoriosos sólo
deben (y pueden) responder a los mandatos de sus respectivos institutos
políticos, aun cuando éstos, en su afán malabarista o trepador, les ordenen
atentar contra los intereses de sus propios electores.
De allí
que los flamantes diputados no se hayan tocado el corazón para autorizar la
cascada de impuestos y aumentos con que convirtieron a la Ley de Ingresos 2010
en la más reciente sesión sadomasoquista del sistema político mexicano de cara
a sus electores. Todo con tal de garantizar sus dietas, emolumentos, bonos,
canonjías y un largo y obsceno etcétera en un país con más de 50 millones de
pobres.
Pero,
incluso en su papel de dominatrices, los congresistas mexicanos han resultado,
por blandengues, un fraude. Así fue cuando decidieron aminorar el castigo a los
fumadores prorrateando el aumento de dos pesos a la cajetilla de cigarros en
los próximos cinco años (ni siquiera Chava Flores le escatimó a la sufrida
Bartola esos dos pesos, caray).
A pesar
de ser un fumador activo, esta concesión me parece tan demagógica como ridícula,
acaso porque viví en Canadá varios años, y allá, como en Estados Unidos, el
precio de cada cajetilla rebasa los diez dólares (135 pesos mexicanos), y más
del 80% de este dinero se va directo al fisco. No bien así, nadie se atreve en
esos países a implorar piedad para quienes se suicidan a bocanadas y atentan al
mismo tiempo contra la salud pública. Ni siquiera los fumadores.
Tan
resultó una estafa esta resolución, que incluso un fumador empedernido, el
senador Pablo Gómez, les reclamó a los panistas su emblemática tibieza: “Yo
lamento mucho que en la bancada del gobierno haya varios rajones, que habiendo
votado este asunto la madrugada del sábado pasado (aumentar dos pesos por
cajetilla de golpe), vengan ahora arrepentidos. Quién sabe con quién hablaron y
qué les dijeron. A la mejor, que en Nayarit no van a tener trabajo los campesinos,
lo cual es otra falsedad, porque la cuota de producción nacional de tabaco la
imponen dos monopolios internacionales que compran el tabaco donde les da la
gana, y lo mandan a cultivar por contrato, y donde es más barato ahí lo compran”.
¿Con
quién hablaron esos rajones? ¿Con dos o tres ejecutivos de las tabacaleras trasnacionales?
En tal caso, ¿el cabildeo de esos fulanos pudo ser más eficaz que el sufragio
de millones de mexicanos? ¿Habrían sido capaces esos diputados recién electos
de darle en la torre a quienes los eligieron en las urnas? Y, entonces, ¿dónde
queda la Constitución que ordena que esos diputados deben servir sólo al pueblo
que los elige?
Mientras
alguien pide las sales o se toma la molestia de averiguarlo, yo mejor enciendo un
cigarro casi regalado gracias a la blandenguería de las mazmorras de San Lázaro
y Xicoténcatl. Y exhalo ahora una bocanada de niebla deliciosamente aromatizada
para cantar al lado de la única dominatrix por la que desde hace muchos años yo
sí voto y seguiré votando, Sarita Montiel: Fumar
es un placer, genial, sensual...


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