Sin que le temblara la mano, segura de la movida que
pensaba hacer, meció el hombro del niño. No dejó de oprimírselo hasta que la
criatura abrió los ojos. A su gesto modorro, la mujer le respondió con una
sonrisa matinal, a pesar de que la medianoche estaba más próxima que el
amanecer.
—Ven,
mi rey —le dijo, así mismo como lo llamaba su papá—. Te tengo una sorpresa.
Tan distante la luz como las
temperaturas benignas en ese enero de horror. Sobre todo para el niño, que aún
no cumplía un año de huérfano. Acaso por esto, su papá se había esmerado en
hacer de esta Navidad un remanso en su duelo: la cereza del pastel era justo
esta noche, en la que el único juguete que Melchor, Gaspar y Baltasar no iban a
regalarle era traerle de vuelta a su mamá. Ni Dios Padre.
Al ver que el niño temblaba
al salir de la cama, la mujer le puso una chalina sobre los hombros. No puede
decirse que con gesto maternal, pues era una simple novia con aspiraciones de madrastra,
pero sí con la cautela necesaria para impedir que una tos repentina echara por
la borda la lección que pensaba darle a quien, desde que había llegado a esa
casa, se había empeñado en echarla por medio de los berrinches y las ofensas
más insolentes.
—¿Ya ves? —le susurró ella a sus espaldas, junto
al barandal—. Los reyes sí existen —dijo justo cuando el padre ponía bajo el
árbol los regalos—. Y las reinas también. El jurado del XII Premio Internacional de Cuento Navideño, Súbito y Electrónico –en el que participaron poco más de 50 trabajos procedentes de América Latina y Europa—, determinó otorgar el primer lugar al cuento titulado “Primera lección de ajedrez”, original de Carlos A. Franco.
Sin quinto, no hay malo
El cuarto tequila logró aflojar algo en él. Algo que
ni siquiera habían podido ablandar las lucecitas del árbol de Navidad. Al
rozarlo con el primer tequila, había chasqueado, así como friendo un huevo entre
las muelas. No se vale, me cae de madres que no se vale, había musitado más con
los puños que con la boca. Al segundo, había meneado la cabeza, ora como
queriendo sacudirse las lucecitas que tenía enfrente. Ni pendejo que estuviera,
si yo los vi, naiden me lo contó, maldijo. Al tercero, se había atrevido a echarle una ojeada conciliatoria al
celular, pero al cabo se había llevado mejor la mano a la cartera.
Un trago más
tarde, sin embargo, al ver que le quedaba sólo lo justo para otro-y-ya, sintió de pronto,
por primera vez en esa temporada, el espíritu navideño embargándolo de pies a cabeza.—Está bien, compadre, para qué si no es la Navidad —le dijo por el celular al susodicho—. Si insiste en que hablemos, estoy donde siempre —colgó.
Luego, pidió el quinto tequila (y de una vez la botella completa) que su santa claus le iba a regalar. Sin falta.


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